“Y tú, ¿eres Charlie?” por Cristina Izquierdo

En un mundo convulso de desigualdad e injusticia crecientes, que se organiza en torno a dinámicas de dominación y manipulación al servicio del poder, la solidaridad con los oprimidos es tanto imperativo moral, como arma de lucha para subvertir el orden establecido y avanzar en el camino hacia la construcción de una sociedad mejor para todos.

CHARLIE

El acto de quitar la vida a otro en contra de su voluntad es siempre condenable, salvo que dicho acto se realice en defensa de la propia vida o de la de un tercero que no puede defenderse por sí mismo.

Dicho esto, las muertes violentas de 12 empleados de la revista francesa Charlie Hebdo en el atentado del pasado 7 de enero merecen la más absoluta repulsa, y la solidaridad como respuesta es nuestra responsabilidad moral. Ahora bien, una cosa es dirigir dicha solidaridad hacia las víctimas y otra muy distinta es dar un salto cualitativo hasta abarcar a la publicación en la que trabajaban y posicionarse de su lado, teniendo poco o nulo conocimiento sobre la misma. Y esto es precisamente a lo que estamos asistiendo con la propagación de una oleada masiva de solidaridad acrítica bajo el omnipresente lema “Je suis Charlie” (Yo soy Charlie).

Personalmente, pertenezco a esa mayoría de quienes no están familiarizados con Charlie Hebdo. Por eso, yo no me sumo al arrebato colectivo, yo no enarbolo esa bandera, “yo no soy Charlie”, porque, hoy por hoy, carezco de información y argumentos suficientes que pudieran llevarme a manifestar mi adhesión a esta publicación y a su línea política.

Entre aquellxs que sí la conocen y sostienen posicionamientos éticos igualitarios, las opiniones son, cuando menos, diversas. Quienes defienden el trabajo de Charlie Hebdo suelen argumentar que si bien su concepción del humor es manifiestamente burlesca y ofensiva, sus “ataques” no son discriminatorios porque se dirigen por igual a todo tipo de personas, colectivos o estamentos de poder religiosos y políticos. Este argumento en ningún caso puede ser considerado válido desde un punto de vista ético porque implica algo tan perverso como poner al mismo nivel a mandatarios políticos, por ejemplo, y a las niñas secuestradas, violadas y esclavizadas en Nigeria, que, de hecho, protagonizan una de las portadas más polémicas de Charlie. Colocar a oprimidos y opresores en el foco de la burla en igualdad de condiciones no es lo mismo que tratarlos con justicia, sino, más bien, todo lo contrario, pudiendo resultar fácilmente en un sesgo del mensaje hacia posiciones racistas, sexistas u homófobas. Por supuesto, cualquier cuestión puede ser abordada desde el humor, pero el humor como acto político y comunicativo no puede quedar nunca al margen de la ética. Que la libertad de expresión sea o debiera ser un derecho inalienable, no nos exime de la responsabilidad moral que entraña su ejercicio, como tampoco de las legítimas críticas que podamos recibir.

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Imagen: Ben Ledbetter, Architect

Una vez hecha esta reflexión acerca del movimiento de solidaridad mediática surgido en torno a Charlie Hebdo, más que dirigido a las víctimas concretas del atentado, cabría también plantearse otra cuestión no menos fundamental al hilo de la reacción masiva ante este suceso, me refiero al fenómeno que podríamos denominar “solidaridad selectiva”.

Pocos días después de los atentados de París, que dejaron un balance total de 17 fallecidos, en Nigeria, 2000 personas fueron asesinadas en el que fue el más mortífero de los ataques perpetrados por el grupo armado Boko Haram, sin embargo, la cobertura mediática en esta ocasión fue casi testimonial, tan sólo una breve reseña, en el mejor de los casos.

Este no es más que uno de tantos ejemplos de lo que es la tónica general en el tratamiento de la información por parte de la gran mayoría de los medios de comunicación internacionales, no en vano controlados y monopolizados por una minoría de poder para la que indudablemente los muertos de París tienen mucho más valor porque son occidentales blancos perdiendo la vida a manos de islamistas. Medios de manipulación que hacen el juego a los poderes políticos y económicos en su estrategia maniquea de dividir el mundo en buenos y malos para justificar sus políticas interiores y exteriores de corte fascista, con incontables crímenes a sus espaldas y crecientes recortes de derechos civiles y libertades fundamentales. Esos mismos poderes que, representados por dirigentes políticos de diversos estados occidentales, acudían a manifestarse en París, rasgándose las vestiduras y clamando por el respeto a la libertad de expresión. Esos mismos poderes, que auspiciaron la creación de grupos integristas, como Al Qaeda y Estado Islámico, a los que siguen dando cobertura en función de sus intereses.

En esta línea y aún en plena resaca del atentado, ya podemos observar algunos de sus efectos más inmediatos y previsibles, como el recrudecimiento de  actitudes racistas y xenófobas hacia ciudadanos por su origen árabe (sean musulmanes o no), expresión práctica real de la islamofobia, que se extiende por occidente en paralelo con el peligroso avance de organizaciones sociales y políticas de ideología ultraderechista.

Pero la solidaridad selectiva no es sólo patrimonio de grandes medios de comunicación y poderes fácticos, es un mal que nos atañe a todxs y cada uno de nosostrxs. Cabría destacar que entre la ingente cantidad de personas que se han sumado de una u otra forma a la movilización contra el atentado de Charlie Hebdo, son muy pocas las que hacen y han hecho lo propio en el pasado con otras injusticias flagrantes cometidas no ya sólo en lugares más o menos lejanos, sino y sobre todo, en sus propios territorios y áreas de influencia inmediata, ahí donde precisamente nuestras acciones solidarias tienen un mayor impacto potencial. Centrándonos concretamente en el estado Español, ámbito en el que se encontrarán la mayor parte de los lectores de este artículo, resulta especialmente revelador el silencio casi generalizado en torno a otros muchos atentados, en este caso, de carácter institucional y dirigidos contra nuestros propios derechos y libertades fundamentales. Terrorismo de estado que secuestra, reprime y tortura, que cierra medios de comunicación disidentes, que ilegaliza partidos políticos, que orquesta operaciones “antiterroristas” contra anarquistas por razones meramente ideológicas, que pone en marcha su maquinaria policial y judicial para represaliar a abogados defensores de ciudadanos vascos…

La verdadera solidaridad implica un posicionamiento serio, firme y consistente contra la injusticia en todas sus formas. Si eres selectivx con tu solidaridad, tal vez deberías preguntarte de qué lado estás…