TRANSGÉNICOS: DILAPIDANDO EL SABER TRADICIONAL por Marta Arnaus

La población occidental parece que por fin empieza a entender algunas de las consecuencias directas de la ingesta de alimentos transgénicos o modificados genéticamente (OGM). La magnitud de la tragedia no acaba ahí, hay otro tipo de consecuencias “indirectas” no menos terribles y que, desde la antropología, despiertan un interés particular.

Afortunadamente, empiezan a ser conocidas por el gran público las repercusiones negativas de la ingeniería genética aplicada a la producción de alimentos, tanto en nuestra salud como en la del Planeta.

Además de las consecuencias medioambientales y económicas, y de la gravedad y el peligro que supone el control de la cadena alimentaria global por parte de grandes multinacionales dedicadas a la biotecnología, por si fuera poco, hay que recordar que desde los inicios de la llamada “Revolución Verde” en los años cuarenta, es cuando se empezaron a introducir, entre otras nuevas técnicas agrícolas, semillas modificadas de alto rendimiento mediante cruce genético en laboratorios, que luego se re-introducirían en los campos de cultivo para supuestamente producir más y mejor y acabar con el hambre en el mundo. Norman E. Borlaug, a quien paradójicamente se le otorgó el Premio Nobel de la Paz por impulsar la Revolución Verde, de la mano de la Fundación Rockefeller y la Fundación Ford (entre otras instituciones), empezó a poner en marcha las primeras semillas modificadas de maíz y de trigo en México y otros países de Latinoamérica.

Pero retrocedamos en el tiempo para acabar de entender la magnitud de la tragedia. En el neolítico, el ser humano inició la domesticación de plantas salvajes, también conocida como “agricultura”, con la finalidad de cultivarlas fuera y disponer de ellas de manera más abundante y constante, reduciendo así la dependencia del ser humano a las contingencias o caprichos de la naturaleza. Desde este momento clave -y tal vez infausto- de la Historia del Planeta, los campesinos, y especialmente las campesinas, fueron seleccionando y resembrando las plantas, domesticando así de forma gradual las semillas y, por tanto, modificándolas con el paso del tiempo, ya fuera para mejorar el rendimiento, para adaptarlas a los ecosistemas locales, para mejorar el valor nutricional, para hacerlas más resistentes a determinadas plagas, etc. Históricamente, la conservación, la resiembra y el intercambio gratuito de semillas fueron la base de la biodiversidad y de la seguridad alimentaria de los pueblos, e incluía también una difusión de conocimientos, costumbres y culturas tradicionalmente heredadas.

Con la Revolución Verde y la irrupción de la genética para uso agrícola, era primordial disponer de un registro de semillas y de toda esa información para poder seleccionar el germoplasma y las cualidades que se requerían para hacer los cruces genéticos. Eso significa que fue necesaria la previa recopilación, registro y almacenaje de la diversidad de semillas existentes, creando una red de bancos de semillas cuyo nodo central era el International Board for Plant Genetic Resour­ces (IBPGR) en Roma y que, actualmente, opera con el nombre de Bioversity International.

Todo ese conocimiento fue recogido desde el saber tradicional de los campesinos gratuitamente, pues supuestamente era para una causa humanitaria (acabar con el hambre en el mundo), sin embargo, lo que sucedió fue muy distinto: a cambio de unos millones de dólares para investigación “humanitario-filantrópica” (recordemos nuevamente que la Revolución Verde era para acabar con el problema del hambre), los bancos de semillas se pusieron a disposición de las grandes multinacionales dedicadas a la biotecnología, como Monsanto, Syngenta, DuPont, BASF, Bayer y Dow, entre otras, quienes se dedicaron a crear semillas modificadas en sus laboratorios y a patentarlas, para posteriormente comercializarlas a aquellos mismos campesinos tradicionales que prestaron sus semillas y conocimiento ancestral. Sin ir más lejos, Monsanto, DuPont y BASF acumulan el 66% de todas las patentes entre 2008 y 2010.

Esta usurpación de conocimiento tradicional a los pueblos indígenas y no-occidentales tiene un paralelismo directo con el de la industria farmacéutica. No es casualidad que la mayor parte de las multinacionales agrotecnológicas nombradas más arriba tengan divisiones dedicadas a esta industria.

Así pues diríamos que la creación de bancos de semillas para recolectar y preservar la biodiversidad y la diversidad cultural humana tenía trampa. Gracias a ellos, los países y corporaciones occidentales pasaron a apropiarse de manera gratuita de todo este saber, pudiendo acceder a este de manera libre e ilimitada. Casualmente, el 94% de semillas recolectadas procedían de países del Tercer Mundo, y el 91% de éstas se almacenaban en bancos de semillas de países industrializados y bajos los auspicios de la ONU.

Hoy en día, a pesar de los intentos de lavado de cara de la FAO y de Bioversity International, esta desigualdad Norte-Sur sigue vigente, aunque eso sí, ligeramente atenuada. Sin embargo, como parece evidente, el argumento de usar los bancos de semillas como la solución para asegurar la biodiversidad genética del planeta no fue más que una burda excusa para actuar desde organismos internacionales en favor de los intereses económicos de las multinacionales biotecnológicas agrícolas. Ninguno de estos actores se preocupó (ni se preocupa) por la biodiversidad ni por mantener la diversidad cultural de saberes tradicionales. Y a los datos me refiero. Hace 20 años, India poseía 300.000 variedades de arroz, hoy día sobrevive no más de una docena, pues las varie­dades de alta productividad sustituyeron las restantes. En Turquía, había 1.000 va­rie­da­des de lino en 1945, hoy solo existe una variedad y es originaria de Ar­gen­ti­na. De las 7.000 variedades de man­zana que existían en EEUU en el siglo XX, hoy solo quedan 1.000.

Obviamente, no hace falta decir que tampoco acabaron con el hambre en el mundo, sino más bien al contrario, contribuyeron a aumentar la desigualdad económica entre campesinos de países ricos y de países pobres, además de cargarse de un plumazo la seguridad alimentaria de estos pueblos, reduciendo la variedad de semillas con las que cuenta cada campesino.

En definitiva, creo que no es osado decir que la diversidad genética de los cultivos agrícolas realiza­dos por la humanidad desde el neolítico está siendo dilapidada en manos de las actuales fuerzas políticas, que intervienen para favorecer los intereses de las multinacionales agroalimentarias y biotecnológicas, y por supuesto, huelga decir que lo están haciendo a costa de nuestra salud como personas, de nuestra biodiversidad como Planeta y de nuestra diversidad cultural como seres humanos.