TRANSEXUALIDAD EN ESPAÑA por Verónica Portillo

La sexualidad es una construcción individual y compleja, única e irrepetible para cada persona. Falta aún mucho por descubrir al respecto y, por ello, seguimos realizando estudios que tratan de averiguar los por qué de determinadas situaciones. Pero el ser humano es más complicado de lo que parece y no siempre existen patrones tras las mismas circunstancias, hechos o comportamientos.

Foto: Olga Berrios

Foto: Olga Berrios

Sexo y género son cosas distintas. La cuestión de la transexualidad ha despertado siempre un gran interés en el mundo de las ciencias de la salud, por lo que numerosos científicos tratan de elaborar teorías que descifren las razones de su existencia. Sin embargo, se trata de un tema complejo que, a mi parecer, no es posible desglosar en motivos genéticos o ambientales tan fácilmente. La mente humana tiende a simplificar, y es por esta razón que, actualmente, la transexualidad en el ámbito de la salud en nuestro país se trata de una forma demasiado estereotipada, y apenas hay lugar para la relatividad. Lo veremos enseguida, pero antes, un poco de historia al respecto.

Ya en el siglo XIX, algunos médicos comienzan a darse cuenta de que algunos de sus pacientes sienten incomodidad ante su sexo biológico y empiezan a prestar atención a este tema. Poco después, en el Instituto para la Ciencia Sexual inaugurado en Berlín en 1919 por Magnus Hirschfeld, se idea un tratamiento hormonal para los pacientes que refieren ese mismo malestar. Más tarde, en los años 50, el médico Harry Benjamin –colega de Hirschfeld- acuña el término Transexualidad, con el objetivo de poder dar cobertura médica a aquellas personas que desean llevar a cabo un tránsito corporal a causa de una discordancia entre el sexo al que sienten que pertenecen y su sexo biológico y genético. Y llegamos a los años 80, cuando la transexualidad pasa a incluirse en el Manual diagnóstico y estadísticos de los trastornos mentales (DSM). En su última edición, el término se ha sustituido por “Disforia de género”, pero no ha sido eliminado del manual.

Lo que pretendo plantear hoy aquí es lo siguiente: ¿Es realmente la transexualidad un trastorno mental? Lo cierto es que, a día de hoy, la transexualidad sigue estando en manos de la medicina. Los médicos son quienes se ocupan de atender a las personas que refieren una discordancia entre su sexo biológico y su identidad de género; son quienes tienen en sus manos la responsabilidad de decidir si alguien es o no transexual –un poder ciertamente muy cuestionable- basándose en las respuestas del paciente a, lo que me parece más obsoleto, una batería de preguntas sobre su vida diaria, preguntas absurdas y plagadas de estereotipos de género. La consecuencia de la decisión del profesional es, obviamente, la autorización o no para el consumo de hormonas que la persona solicita. Entonces, ¿dónde queda la opinión y voluntad del paciente?

La realidad es que las posibilidades en la identidad sexual y de género aumentan cada vez más. ¿No debería ampliarse también la visión acerca de la transexualidad? Actualmente, utilizamos mucho más el término Trans, que engloba todo lo que hace referencia a la identidad sexual y la forma de vivirla que las personas tenemos, puesto que como decía al principio, cada persona es única, igual que nuestras sensaciones, pensamientos, necesidades y deseos también lo son. Por eso, cada caso también es único: personas que desean modificar su sexo físico, personas que desean tomar hormonas sin llevar a cabo una cirugía de reasignación de sexo, transexuales que desean tener un hijo, personas transgénero, personas queer, etc. ¿Cómo es posible que, a día de hoy, alguien tenga derecho y potestad para juzgar nuestra forma de sentirnos a nosotros/as mismos/as? Es evidente que, en el caso de la transexualidad, la ayuda de los profesionales es indispensable y, aclaro, no estoy abogando por la libertad anárquica para conseguir hormonas sin medida, pero sí creo que la autodefinición debería prevalecer en cualquier caso, contando con el profesional como un apoyo, en lugar de como un juez de la identidad de género propia.

Nuestra cultura ha dado mucha importancia al género, pues nos ayuda a clasificar. Esta clasificación hombre-mujer (y todo lo que significa pertenecer a un grupo o al otro) es uno de los aprendizajes más prontos de nuestra vida, y todo lo que no está dentro de esos parámetros –por otra parte, extremadamente rígidos- es difícil de comprender para muchas personas debido a la educación que recibimos. Por esta misma razón, se cuestiona a las personas acerca de su género y se ponen trabas en el difícil camino que recorren en este sentido, y que no contribuyen en absoluto a su libertad y su felicidad.

Existen muchas, muchísimas cuestiones relacionadas con este tema, que darían para horas de discusión. Sin embargo, para concluir, me gustaría proponer sólo algunas, un planteamiento alternativo:

¿Qué ocurriría si fuese nuestra sociedad quien modificara su modelo de género binario? ¿De verdad las personas que no encajan en esa dualidad son pacientes médicos, o es la sociedad quien está enferma? ¿Qué pasaría si redujésemos nuestros prejuicios y permitiésemos a las personas expresar su identidad de género libremente? Y es más: dado que el género es una construcción social, si el género no existiese, ¿sería necesario abordar la transexualidad?

No demos nada por bueno ni por hecho sin dar una vuelta de tuerca a las circunstancias. Queda mucho camino por recorrer, y el camino principal y más directo es la educación.

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