“SALVAR” A LOS POBRES por Marta Arnaus

Hoy en día, aún siguen siendo numerosas las campañas humanitarias dedicadas a “salvar” a los países pobres basándose en premisas y discursos profundamente etnocéntricos.

En los discursos que podríamos llamar “solidarios” o “humanitarios” es recurrente el uso de conceptos como desarrollo-subdesarrollo, salvación, compasión o tolerancia. Estos conceptos, tanto como antropóloga como a nivel personal, se me plantean éticamente complicados, no solo por lo que significan sino por lo que connotan. Confieso que su uso me provoca rechazo y, en el mejor de los casos, me genera una gran incomodidad, especialmente cuando los aplicamos para referirnos a grupos sociales humanos y a situaciones de desigualdad y opresión dentro de una misma especie, en concreto, la humana. Estas líneas no pretenden ofrecer la respuesta ética a una cuestión tan complicada, sino más bien de proporcionar un contrapunto para la reflexión sobre el discurso del “todo vale si es por una buena causa”, así como sobre el discurso aún hegemónico en torno al concepto de desarrollo, pues ambos discursos beben de paradigmas culturales claramente etnocentristas.

A propósito de esto que algunos llaman eufemísticamente “Tercer Mundo”, quisiera lanzar una breve reflexión sobre los dos términos más usados en los discursos humanitarios: el concepto de desarrollo y el de salvación.

Cada día somos constantemente “bombardeados” en prensa, radio, internet, en reclamos publicitarios en transportes públicos, ya sea por testimonios como por estrellas de cine, del deporte o de la música, pidiéndonos que salvemos el Tercer Mundo. Entre todas ellas, son especialmente insistentes las campañas centradas en ayudar a África y a sus habitantes, y de hecho, esta imagen de la África pobre y desgraciada se ha convertido en un lugar común, un tópico, dentro del imaginario colectivo occidental. Pero, ¿y de qué hay que salvar a los africanos y al Tercer Mundo en general? Pues de algo parecido a las Diez Plagas Bíblicas de Egipto, ahora en versión 2.0: sangrientas guerras tribales, niños-soldado, gobernantes corruptos y malvados, hambrunas, sequías, violaciones, mutilaciones, SIDA, malaria, lepra, niños huérfanos y un largo etcétera de tropelías y terribles desgracias que dan la impresión de que estos países y sus gentes están malditos por “naturaleza”. Y justamente esta es la peor parte: la naturalización de los desastres sociales y humanitarios, la naturalización de la pobreza y de la desigualdad. Tristemente este es el discurso usado aún por buena parte de ONG’s (no todas, por suerte) y también por parte de estamentos internacionales dedicados a esto que llaman “desarrollo” (ONU, OMS, etc.).

No pocas veces me he enfrascado en largas e inútiles discusiones con algunos empleados de ONG’s cuando me asaltan por la calle para que done una ayuda al Tercer Mundo. Cuando les pregunto por qué esa gente a la que supuestamente debo ayudar son pobres y quién está provocando esa situación, es cuando el empleado y yo entramos en conflicto, pues siempre obtengo la misma respuesta: esa pregunta que me hago está muy bien, pero la solución es utópica. Y como poner solución a la causa que lo provoca es una utopía, lo que importa es ser pragmático y actuar aquí y ahora para paliar la situación actual. En resumen, se trata de poner una tirita.

Supongo que este tipo de discursos son “cosas que pasan” cuando juntamos marketing y otros mecanismos de mercado con activismo y “solidaridad”, que al final resulta un “producto solidario” con el que se vende y se compra ayuda para los pobres desgraciados del Planeta. La clave para que funcione este discurso es focalizar la atención del “comprador” en las consecuencias, pero no en las causas, y por supuesto, ofrecerle la posibilidad de interpretar el papel de salvador o de superhéroe en esta historia, que supongo que es algo que vende.

Sin embargo, el resultado de todo ello no es otro que ahondar en la naturalización de un discurso basado en la premisa que los países pobres son países defectuosos, que no han sabido desarrollarse y evolucionar para ser tan avanzados y ricos como los países occidentales (o del Primer Mundo eufemísticamente hablando). Y como ellos no saben, hay que darles un empujoncito y educarlos para que aprendan de nosotros y puedan desarrollarse y progresar. Los países pobres necesitan que los “iluminemos” con nuestra ciencia y sabiduría civilizatoria. Nosotros somos el camino.

Supongo que a estas alturas no hace falta que remarque el carácter arrogantemente etnocéntrico de este discurso desarrollista tan manido. La pobreza nunca es natural. Los países pobres no nos necesitan. Más bien, lo que sí necesitan es que dejemos de vampirizar sus recursos de manera impune y sistemática. El colonialismo del siglo XIX no se fue con la emancipación nacional de los países colonizados, tan solo cambió de nombres y de forma, pero todo sigue igual.

La omisión de la causa de la obscena desigualdad económica entre países ricos y pobres es inaceptable, porque nos disuade de señalar a los verdaderos culpables y, además, refuerza un cierto sentimiento etnocéntrico de superioridad cultural dentro del imaginario colectivo occidental de la ciudadanía, que mira con lástima a los “pobrecitos”.

Si hablamos de argumentos utópicos versus acciones pragmáticas, no hay nada más utópico (aunque tal vez, aquí la palabra más adecuada sería “falso” o “mezquino”) que creer en el discurso desarrollista, pues como es bien sabido, el 80% de los recursos del Planeta Tierra son consumidos por el 20% de la población mundial (mayormente occidental rica). No hace falta ser un as en matemáticas para llegar a la conclusión de que es técnicamente o, mejor dicho, naturalmente imposible, que todos los países del Planeta consuman y destruyan recursos al ritmo frenético de Occidente. Los países pobres y sus gentes nunca van a alcanzar el nivel de riqueza y bienestar de los países ricos si no se cambia el modelo de desarrollo de los países ricos.

Lo que necesitan los países pobres, en definitiva, no es ni nuestra intervención, ni nuestra conmiseración, ni mucho menos la exportación de nuestro modelo civilizatorio de desarrollo. Lo que tal vez necesitarían los países pobres y sus gentes sería, primero, que el modelo capitalista occidental dejara de devorar el Planeta y, segundo, preguntarles a ellos lo que quieren y si precisan algo más de nosotros. En definitiva, los pobres no necesitan salvadores venidos del cielo, sino solidaridad frente a frente, codo con codo.