“RECIPROCIDAD Y AUTOGESTIÓN COMUNITARIA” por Marta Arnaus

Echar un vistazo al mundo, la mayoría de las veces, es desolador. Mantener los ojos (y la mente) abiertos se convierte en algo esencial en una sociedad como la nuestra, donde el pensamiento único parece que es ley y donde todo está predispuesto para hacernos creer que no hay vida más allá del capitalismo.

En nuestra sociedad, y especialmente desde la irrupción de este sistema económico, la economía se ha ido conformando de manera cada vez más radical y extrema en una esfera apartada de la sociedad. Tan apartada que casi se podría decir que no solo tiene sometida a dicha sociedad, sino que está atentando contra la mayor parte de ésta.

La antropología nos recuerda constantemente que “lo económico” no es un compartimento estanco y apartado, sino que es la forma en que se organizan las personas en la producción y reproducción de los bienes materiales y los servicios que hacen la vida posible. Y no solo eso, la economía también es uno de los instrumentos encargados de impulsar las relaciones sociales y darles sentido. Si no fuera porque estamos “abducidos” por la lógica del capitalismo, cuando oímos hablar de “economía social” nos sonaría a pleonasmo.

Pues bien, si echamos un vistazo al mundo, en buena parte del planeta existe un tipo de prácticas económicas informales y habitualmente conocidas en las ciencias sociales como “tontines” (en francés), aunque poseen infinidad de nombres, pues se tiene conocimiento etnográfico de ellas en África, en la India, Pakistán, China, México, Perú, etc. Estas prácticas son en realidad un sistema alternativo de ahorro y crédito, y suelen emerger en situaciones de pobreza o de exclusión social, como recurso económico y financiero de primer orden para muchos grupos sociales que, por razones bien diversas, encuentran dificultades para acceder a los canales de crédito habituales. Ese sería el caso de sectores sociales inmigrados, sometidos de manera casi permanente a situaciones de desigualdad y de exclusión que les empujan a desarrollar de manera subsidiaria redes de reciprocidad y de ayuda mutua.

Así pues, una “tontine” es, a grosso modo, una asociación informal y temporal entre un grupo de personas, las cuales se comprometen a realizar contribuciones económicas regulares para conformar un fondo común. Este fondo común es autogestionado por ellas y se entrega por turnos a cada uno de los participantes.

Se ha documentado una infinita diversidad de “tontines”, pero para introducir el tema, creo que las “tontines” mutuales de contribución fija (fig. 1) son un ejemplo bien sencillo y bien interesante. Éstas se basan en que todos los participantes aportan la misma cantidad al fondo común —cantidad que se pacta al inicio de la tontine— y todos reciben rotativamente la misma cantidad de fondo común.

El principal motivo para embarcarse en una tontine, según los propios participantes, es el ahorro autoforzado. Sin embargo, a muchos de nosotros, este método de ahorro/crédito nos podría parecer tal vez demasiado arriesgado, o cuando menos, más arriesgado y complicado que guardar el dinero en el banco o debajo del colchón. Y aún puede parecer más incomprensible si tenemos en cuenta que en las “tontines” mutuales no está presente el concepto económico de “interés”: los participantes reciben un crédito sin interés, al tiempo que prestan un dinero sin ningún beneficio económico extra. Pero a pesar de ello, los participantes prefieren hacer circular el dinero. ¿Por qué?

Es imposible dar respuesta a esta cuestión en unas pocas líneas, pero hay que tener en cuenta que las “tontines” no son una práctica económica aislada, sino que poseen su sentido dentro de una lógica social más amplia, donde los vínculos basados en la confianza y la reciprocidad adquieren un protagonismo central como manera de relacionarse socialmente. Parece que en este tipo de asociaciones no solamente rota el dinero, sino que existen otros aspectos no monetarios que también “rotan” y que entran en el juego del intercambio, de modo que la clave estaría más bien en la acción de dicho intercambio que en el objeto (dinero) que se intercambia. O quizás sea una mezcla de ambos.

En cualquier caso, para que emerja y funcione una “tontine”, debe existir previamente todo un conglomerado de relaciones,  actividades sociales y un conocimiento cercano entre los participantes, que los invite a constituir una asociación de este tipo y que avale, al mismo tiempo, su solvencia económica. Hay que tener en cuenta que participar en una tontine no es como ir al banco a pedir un crédito; nadie solicita a nadie ningún tipo de documento (nóminas, contratos de trabajo, avales notariales, etc.). La mera existencia de unas relaciones cara a cara basadas en la reciprocidad permite a los miembros recopilar información y evaluar la fiabilidad de los otros, así como también demostrar a los demás su propia fiabilidad y voluntad de cooperar.

Sin ánimos de romper lo idílico de la exposición, tampoco quiero que se piense que las “tontines” son una práctica perfecta donde todas las personas que participan en ellas están felices. Por desgracia, esto es aún algo que los humanos no hemos sabido inventar; como en todo, hay conflictos, fallos en los pagos, etc. La necesidad de compromiso y confianza entre personas participantes comporta una presión social muy fuerte sobre el individuo, que en caso de problemas, puede tener un coste social muy elevado y quedar excluido del grupo social en general. Además, el aparentemente “inocuo” factor de rotación de turnos introduce la diferenciación en una práctica que, a simple vista, podría parecer solidaria o igualitaria: el primer miembro que recibe el fondo común adopta un rol de deudor respecto al resto de contribuyentes y el último actúa como acreedor, generando todo un juego de reputaciones e identidades que van más allá de la “tontine”.

Finalmente, indicar que no se pueden entender las “tontines” sin el factor de género: las mujeres ocupan un papel protagonista en ellos y se convierten en sujetos activos de la acción, que ante un contexto de desigualdad y exclusión social y económica, deciden actuar y actúan.

En definitiva, las “tontines” son un buen ejemplo para constatar la capacidad de los individuos para resistir los embates de un sistema económico y social que les es claramente desfavorable, la potencialidad de forjar nuevas formas y nuevos modelos económicos y sociales y, además, nos muestran la potencialidad de los individuos para forjar nuevas formas y nuevos modelos económicos y sociales.

Fotos:

http://photo.net/photodb/photo?photo_id=7162346&size=lg

http://civilisations.revues.org/636

Cuadro (fig.1):

Contribuciones individuales

destinatario del fondo: A

destinatario del fondo:  B

destinatario del fondo: C

Suma contribuciones individuales

turno 1

turno 2

turno 3

participante A

100

100

100

300

participante B

100

100

100

300

participante C

100

100

100

300

300

300

300

300 para A

300 para B

300 para C

BIBLIOGRAFÍA:

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LATOUCHE, S. (1993), El planeta de los náufragos, Madrid, Acento Editorial.

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SEMIN, J. (2007),« L’argent, la famille, les amies: ethnographie contemporaine des tontines africaines en contexte migratoire », Civilisations [En ligne], 56 | 2007 URL : http://civilisations.revues.org/636 ; DOI : 10.4000/civilisations.636

ZELIZER, V. A. (1994), The Social meaning of money, New York, BasicBooks.

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