PUEBLOS INDÍGENAS: HUMANOS EN PELIGRO DE EXTINCIÓN por Marta Arnaus

Se calcula que, hoy en día, tan solo restan unos 100 grupos indígenas aislados en todo el Planeta. Sin embargo, su existencia está seriamente amenazada de extinción.

Los pueblos comúnmente llamados “aislados” o “no contactados” se localizan, principalmente, en la Amazonía (Sudamérica), en Nueva Guinea-Papúa y en las Islas Andaman (Indonesia). Entre ellos se encuentran grupos como los Awá y los Akunsu en Brasil o los Jarawa y los Sentineleses en Indonesia. El actual sistema económico y político predominante a escala mundial de explotación salvaje del medio ambiente sin reparar en las consecuencias, afecta a todas las escalas de vida del Planeta. Los grupos humanos no son una excepción. Es el caso de los pueblos indígenas que se encuentran en la Amazonía, cuyos territorios ocupados por estos grupos están siendo arrasados por multinacionales agrícolas y ganaderas, así como por compañías petroleras, gasísticas, madereras y de extracción de minerales.

El saqueo de recursos y la destrucción de territorios no solo afecta a los pueblos aislados, sino que afecta a todos los pueblos indígenas de todo el Planeta, estén aislados o no. Muchos de estos grupos, ante la amenaza de supervivencia, se ven forzados a “integrarse” en el sistema. No hace falta decir que esta “participación” en el sistema se produce en condiciones de subalternidad y explotación. Los individuos pasan a formar parte de las escalas más bajas y marginadas del sistema. Es el caso, por ejemplo, de los trabajadores agrícolas y ganaderos en condiciones de esclavitud (literalmente) en Brasil y buena parte de Latinoamérica.

Cuando se habla de “pueblos aislados” se tiende a caer en el sensacionalismo. Habitualmente, estos grupos sociales, que en la mayoría de los casos son cazadores-recolectores, son presentados como “bichos raros” (en el sentido más vulgar), como si fueran grupos humanos primitivos (en el sentido más vulgar también) que nunca han tenido contacto con ningún otro grupo. Pero esto es falso. Como también es falso que estas poblaciones vivan como nuestros antepasados prehistóricos. Los pueblos primitivos aislados no son fósiles vivos; no son una ventana a un supuesto pasado inmaculado de la humanidad. No. Por definición, en esencia, nunca puede ser así. La cultura no es otra cosa que la manera que tenemos de relacionarnos con nuestro entorno y, por tanto, nunca se dio, ni se puede dar, un caso de cultura o sociedad pura, inmaculada y que se ha mantenido impasible al paso de los años. La cultura es relación, interacción, comunicación. Y en tanto que no somos autómatas y, en tanto que el Planeta y la naturaleza -de la que somos parte- no funcionan con la precisión de un reloj suizo, la cultura –recordemos: la manera de relacionarnos con lo(s) demás– es en esencia dinámica, cambiante, flexible, móvil.

Hoy por hoy, es altamente improbable, por no decir imposible, que exista ningún grupo humano que no haya tenido ningún contacto con ningún otro grupo. Insisto, la cultura es una herramienta para relacionarse, no para aislarse. Pero el lenguaje a veces es perverso y, sobre todo, etnocéntrico en este caso. Los grupos indígenas aislados son pueblos que no quieren contacto con los occidentales, que voluntariamente han optado por quedarse al margen y no participar del sistema económico, social y moral predominante a escala global, esto es, el sistema capitalista o neoliberal. Pero eso no significa que no hayan tenido nunca contacto con otros grupos, incluidos los occidentales. De hecho, estos pueblos son conocidos por los pueblos vecinos, se relacionan, ya sea de manera amigable u hostil, y crean vínculos e intercambios con ellos. Las principales teorías apuntan a que, en algún momento de la dilatada e interminable Historia colonialista mundial y, tras vivir episodios de extrema violencia, agresión y destrucción salvaje por parte de los colonizadores (de antaño o actuales), estos pueblos se sintieron amenazados y decidieron no establecer ningún vínculo con el sistema económico, político y social predominante, pues era nocivo para ellos, ya sea a escala global, ya sea a escala estatal dentro de las demarcaciones administrativas en las que se encuentran ubicados sus territorios. Obviamente, la situación geográfica de los territorios en los que viven ayuda a hacerlo posible.

Los grupos indígenas que no han podido ser forzados a aculturarse y a asimilar el régimen político y económico imperante, habitualmente también se han visto perseguidos y aniquilados de manera sistemática por los regímenes políticos de algunos de los países en los que se ubican sus tierras. La agresión a estos pueblos no solo es “de rebote”, como consecuencia de políticas económicas globales de saqueo en sus territorios, sino también por una cuestión racista y etnocentrista, pues a ojos de los poderes políticos y sociales dominantes muchas veces son vistos como pueblos atrasados, amorales y salvajes.

La situación actual de los pueblos indígenas aislados nos plantea importantes cuestiones éticas y morales desde Occidente. No solo por el daño y la responsabilidad de Occidente en esta situación, sino también en otra dimensión, en relación a las vías de acción y lucha para terminar con este desastre. Existen ONGs internacionales de cariz más bien pragmatista dedicadas a proteger y salvar a los indígenas. Como siempre, y no solo en el caso de los grupos humanos que están siendo agredidos, los conceptos de protección o de salvación son conceptos controvertidos, tal vez más aún en el caso de los grupos humanos, pues siempre estos dos conceptos connotan una relación asimétrica y, en cierto modo, replican los esquemas de superioridad occidental, como si desde “arriba” tendiéramos compasivamente la mano para salvar o para proteger a seres desvalidos. Por el contrario, existen movimientos indigenistas que alzan la voz y nos reclaman que empecemos a considerar a los pueblos indígenas verdaderamente como a iguales. Lo que se nos reclama desde estos movimientos no es que les liberemos, sino que nos solidaricemos y luchemos codo a codo con ellos para que puedan empoderarse y decidir por ellos mismos el destino de sus vidas.

Y claro, para acabar con el exterminio, lo que hay que hacer es frenar al exterminador y cambiar el modo de relacionarnos con los pueblos no occidentales. En el mundo en que vivimos hoy en día, ello, probablemente, pasaría por cambiar este sistema económico y político global destructivo que arrastramos desde hace siglos. ¿Que no es pragmático? ¿Es utopía? Tal vez. Pero ¿y por qué no? De momento, la cosa empezaría por dejarles un poco en paz.