PROTEGERNOS PARA PODER DEFENDERLOS por Marisa López

Dentro del movimiento por la liberación animal, muchas veces no somos plenamente conscientes de los riesgos que entrañan determinadas prácticas, bien por inconsciencia, bien porque no contemplamos que actos que abogan por la libertad estén tachados como ilegales.

En primer lugar, nos tenemos que plantear qué entra dentro del marco legal/ilegal y qué entendemos por justo, ya que muchas veces ambos conceptos no casan y nuestro activismo resulta estar fuera de lo legal, sea este pegar carteles para concienciar a la gente, repartir información a la puerta de un negocio o rescatar animales que están presos en jaulas. A primera vista, algo tan “inocente” como defender a los animales y difundir el antiespecismo puede parecer que no entraña ningún peligro y, a veces, no es así.

Los animales son categorizados como herramientas al servicio del ser humano, como seres que están en el mundo para servirnos y que, únicamente, se ven como mercancía, como objetos con los que comerciar, que no tienen ningún tipo de interés en hacer su propia vida. Por ello, por el status que tienen dentro de esta sociedad, es por lo que la ley ampara que liberar un animal se contemple como un robo de propiedad. Y no sólo en estos casos más directos es donde nos encontramos con que la ley defiende intereses que están lejos de ser los nuestros.

Algo que tenemos que tener muy claro es que la palabra legalidad no es sinónimo de justicia, y como tal, algo que es justo para ti, puede ser ilegal para otras personas (que justamente son quienes tienen poder y hacen y regulan las leyes).

¿De qué consecuencias me hablas? Si yo sólo quiero que los animales sean libres.

Efectivamente, tú y yo queremos que los animales sean libres, pero muchas veces no nos quedamos sólo en ese deseo, si no que necesitamos hacer algo para que eso suceda; necesitamos no sólo posicionarnos frente a ese problema, sino actuar.

Las actividades más “típicas” o visibles son las siguientes:

- Pegar carteles en la vía pública. Se puede llegar a multar con sanciones de 150 a 3500 euros, aunque muchas veces simplemente hacen que dejes de pegar y la multa no llega.

- ¿Y si queremos mostrar nuestro rechazo porque el circo ha venido a nuestra ciudad? Si decidimos hacer una concentración (y por tiempo o principios no pedimos permiso) y somos más de 19 personas, estaremos incurriendo en una concentración ilegal, lo que puede hacer que la policía venga a ver qué andamos haciendo, nos identifique y, en el peor de los casos, nos multe con una sanción que, de nuevo, puede oscilar entre los 150 y los 3500 euros.

- Otro ejemplo son las acciones de desobediencia civil, como el bastante conocido Salto al Ruedo de Igualda Animal en la plaza de toros de la Monumental (Barcelona). Saltar a una plaza de toros cuando el “espectáculo” comienza, portando pancartas y mostrando un absoluto rechazo a esas prácticas, tuvo como resultado algún que otro empujón, una sanción de 9.300 euros (repartidos entre las/os 6 activistas que participaron) y una visita de dichos activistas a comisaría, acusadas/os de desórdenes públicos.

- Otro caso sonado en el Estado español fue la llamada “Operación Trócola”, en la que se detuvo a 12 activistas acusadas/os de liberar 20.000 visones de una granja peletera en tierras gallegas. Tres acabaron 19 días en prisión provisional hasta que fueron puestos/as en libertad, aunque a día de hoy el caso sigue abierto a la espera de juicio.

¿Tan mal pinta la cosa?

No, no es todo tan catastrófico como puede parecer. Se trata de ser conscientes de que, para realizar determinados actos, hay que tener planificación y conocimiento, previniendo así situaciones desagradables o incómodas. Por ejemplo, si decidimos descolgar una pancarta desde algún sitio, es recomendable saber de antemano donde será, cómo lo haremos o conocer si a la vecindad le puede sentar mal y generará una situación conflictiva, como enfrentamientos o avisos a la policía y la consecuente represión.

Nunca podemos tener la seguridad al 100% de que lo que vayamos a realizar no acabe en un encontronazo con aquellas personas que perpetuán la esclavitud animal, pero al menos habremos hecho todo lo posible para no infravalorar las situaciones de riesgo, por tontas o pequeñas que parezcan. Hay que evaluar todas las opciones, y si además cuentas con gente a tu lado que sabes que dará la cara por ti, todo apunta a que el esfuerzo no será en vano…y habremos derribado, aunque sea un poco, el especismo.

Vale, vale, pero deja de ser ambigua ¿qué hago?

Hagas lo que hagas, planifícalo con tiempo y con tranquilidad. Ya sea hacer una proyección con suficiente antelación para que la difusión llegue a todo el mundo o hacer una concentración el día festivo que más gente vaya a ir al zoo.

Habla las cosas a la cara con tu grupo y evita el uso de móviles y ordenadores, facilitará el entendimiento y evitarás que se sepa de antemano lo que vas a realizar (esto es más aplicable a acciones con mayor riesgo, como el rescate de animales o la recopilación de material de un sitio de experimentación animal). Ten un buen grupo de amistades en las que confíes y con las que hables de vuestros mínimos de seguridad, límites y expectativas.

Pero, entonces, ¿qué nos queda? ¿Siempre hay riesgo?

A veces puede que sí, depende de lo que elijas hacer.

Hay cosas que apenas entrañan riesgo, como poner una mesa informativa o dar una charla; lo peor que puede pasar es que te encuentres gente que no sabe debatir y que refunfuñará porque no entiende que los animales tienen intereses y vida propia. Pero sí que hay otras actividades en la que tenemos que tener presentes que al menos puede haber sanciones económicas.

Lo que importa es tener claro nuestro objetivo y luchar por ello, pero utilizando dinámicas de seguridad en nuestro activismo cotidiano. El saber no ocupa lugar, cuanta más información tengamos sobre las consecuencias de nuestras acciones, mejor podremos valorar hasta dónde queremos llegar, más tranquilidad y seguridad tendremos y más y mejor podremos ayudar a los animales.