PODER HABLAR. PODER DECIDIR por Jose Luis Piñágoras

“Poner nuestra voz donde ellos, nuestros semejantes no humanos, no pueden, no solo es un acto de generosidad y solidaridad, es una responsabilidad que nos compete por el hecho de ser seres evolucionados al universo del lenguaje simbólico. Todo lo que nos asemeja es infinitamente mayor que lo que nos diferencia; es por eso que, en el reconocimiento de derechos, hemos de guardar una total simetría, lo demás es un puro acto de soberbia divina”

Foto: emilia

Foto: emilia

Una de las cosas que más me han fascinado del ser humano, como resultado de la evolución, es su capacidad de hablar con un lenguaje de símbolos polisémicos y tropos literarios con los que transmite ideas, sensaciones, emociones, miedos… El lenguaje nos habilitó como personas, nos hizo seres humanos. Einstein decía que la única diferencia esencial entre el ser humano y el resto de los animales era el lenguaje simbólico. Esto, según él, abre una doble vertiente: lo que nos iguala y lo que nos diferencia. Nos dice que en todo lo que no es lenguaje somos iguales: capacidad de comunicarnos, de sentir, de sufrir, de amar, etc.  lo único que es  absolutamente diferente es que su manera de comunicar y de expresar no pasa por la palabra, como nos sucede a los seres humanos, con la que exigimos, reclamamos, pedimos disculpas, nos declaramos, insultamos, mentimos, halagamos, cantamos y construimos relatos y escribimos nuestras historia. Ellos NO.

Otra de las cosas que me han fascinado de ese animal humano es la capacidad de decidir, la libertad de tomar diferentes opciones en la vida, siendo eso justamente lo que nos permite también hacer cambios de rumbo en estas. Siempre cambiamos, es más, somos un permanente cambio. Gran parte de esa transformación es lo que la biología impone en singular pacto con el tiempo. Sin embargo, hay otros cambios en los que necesariamente entra en juego esa capacidad de decidir. Uno toma decisiones en relación a las diferentes opciones que se le plantean, y en esa libertad también existen condicionantes socioculturales y económicos. Pero hay algunas cuestiones para las que, las personas privilegiadas que vivimos en la parte opulenta del mundo, solo necesitamos optar por una cosa o por otra, y si llegamos aún más lejos, existen también opciones que conllevan un beneficio o un tremendo perjuicio colateral para otras personas. Muchas de las terribles consecuencias que pesan sobre el ser humano están generadas por decisiones ajenas a este: las guerras, el reparto de la riqueza, el hambre, el desarrollo, la educación. La frontera entre la vida y la muerte muchas veces está condicionada a decisiones ajenas.

Las consecuencias de una decisión forman parte inherente de la misma. Toda opción implica riesgo, incertidumbre, o como decía Saramago, sufrimiento. Muchas de las decisiones que tomamos, en apariencia libres, están mediatizadas por la tradición, la cultura, la educación e incluso los prejuicios. Somos cristianos, musulmanes o judíos por influencia cultural. Es necesario un punto de inflexión en nuestra vida, una reflexión o unas experiencias para poder dar un paso adelante y salirse de un modelo preestablecido. Muchos de nosotros y nosotras hemos cuestionado la fe que se nos ha transmitido a través de la educación, la cultura o la familia y hemos dado un paso adelante, en un sentido o en otro, optando igualmente por una ideología. Es costoso, ciertamente, dar dicho paso adelante, pues conlleva una implicación en las decisiones que tomamos. Lo común, aquello que vemos en la cotidianeidad de nuestra existencia, es sencillamente seguir el rumbo marcado, dejarnos llevar por una corriente impuesta de manera más o menos sutil. ¿Alguna vez nos hemos planteado por qué hay una desigualdad en el mundo tan absolutamente insólita? ¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar las consecuencias de no informarnos sobre algunas prácticas comunes como alimentarse? La cuestión radica en que podemos intervenir y, con ciertas decisiones individuales, llegar incluso a resolver algunas de las preguntas planteadas.

Reorganicemos: nosotros, los animales humanos, somos seres hablantes, tenemos palabras. Nosotros, los animales humanos, podemos decidir. Nosotros, los animales humanos, tenemos consecuencias en nuestras elecciones… y, lo más importante, también tenemos unas responsabilidades y unas obligaciones con nuestro entorno, con nuestros semejantes y con los que nos sucederán.

Nuestra capacidad de hablar debe habilitarnos para poner voz donde otros semejantes no la tienen, pues son más las cosas que nos asemejan que aquellas que nos diferencian y, por tanto, proceder con ese sentido ético implica reconocer los derechos de todos nuestros semejantes. Esta es nuestra responsabilidad.

Foto: A. González-Alba GALBA

Foto: A. González-Alba GALBA

El camino de la evolución ha sido tan largo como complejo y se han necesitado millones de años para poder llegar a algo tan simple como lo que yo estoy haciendo: poner palabras. La aparición del Sapiens sobre la tierra es una cosa de hace cuatro días en comparación con la edad de la tierra o la edad del universo. Sapiens lleva menos de 200.000 años en el mundo. La tierra tiene aproximadamente unos 4.500 millones de años y el universo cerca de 14.000 millones de años. ¿Qué nos autoriza a los animales humanos a ser los que decidamos sobre el destino de los no humanos que nos acompañaron durante millones de años en la carrera evolutiva? Los animales no los puso ningún dios al servicio de los y las humanos, los animales están en el mundo por derecho propio, por su evolución… así de simple y de escueto: no tenemos ningún derecho sobre ellos. El genoma humano se asemeja muchísimo más de lo que se diferencia al de la mosca del vinagre o el arenque, pero entre el orangután y el ser humano son idénticos en un 93%, en el caso del gorila en un 95% y en el del bonobo en un 99%.

La decisión de no alimentarnos de nuestros semejantes es no solo un acto solidario y de mutuo apoyo, sino un paso adelante que tiene efectos colaterales: resolver la desigualdad y que sea posible que nadie muera de hambre. Es una reflexión y una decisión compleja, difícil porque supone romper con la tradición, con la cultura, con la educación recibida. Pero yo, que soy un animal humano que habla, quiero poner estas palabras donde mis hermanos/as no humanos no pueden, para reclamar sus derechos con la misma radicalidad que los míos. Yo, que soy un animal humano, puedo decidir libremente, dar un paso más y cuestionar lo que se me trasmitió para así salvar la vida de muchos semejantes, tanto humanos como no humanos. El veganismo es un acto solidario que tiene consecuencias positivas tanto individuales como colectivas, y es, además, un acto de generosidad que nos dignifica como animales evolucionados y parlantes.