“Mirar sin ver y viceversa” por Xavier Bayle

En la sociedad, lo visual encumbra a menudo lo real. Parecer es el modo más perverso de mentir. Vivimos de los réditos de las mentiras visuales.

Foto: iT@c

Foto: iT@c (Tomas Carvalho)

No todo lo que parece es, y no todo lo que es, parece. La belleza oculta del elefante de bosque y el leopardo nival o la memoria superior del chimpancé pertenecen a ramas de bellezas no necesariamente físicas. Pero somos animales visuales, tanto, que juzgamos y tomamos decisiones en función de lo que vemos y de cómo lo vemos, desatendiendo a realidades objetivas y estableciendo juicios y prejuicios, en detrimento de los derechos de las personas o el verdadero objetivo de las decisiones. «Si parece, lo es», la gran antítesis de lo formal, la opinión como modo supremo de verdad.

La importancia superlativa del aspecto otorga roles sociales más allá del gusto personal natural. La vanidad, por ejemplo, puede derivar en una inflada autoestima, peligrosamente cercana a un sentimiento de superioridad respecto a otras personas. Estrategias asimismo de una egología que se manifiesta, sin ir más lejos, en la acumulación de megustas en Facebook o en una desproporcionada importancia del concepto Be yourself.

Una perra de raza… ¿prefiere a un perro de raza? Juzgamos la sonrisa del delfín como persona digna de ser respetada, pero no así la del cerdo, cuyo respeto máximo se basa en elegir para él una muerte indolora. Juzgamos vestimentas, aspectos y estéticas como elementos de contraste válidos, estimando que todo lo que es parece y todo lo que parece es. Esta es la base de la publicidad y la política, la propaganda del reich de turno. Pero somos lo que hacemos, no lo que parecemos.

Los ojos son órganos muertos si carecen de un cerebro que gestione la información recibida a través de ellos. Si, fuera de los márgenes de lo personal, segregamos a una persona de otra por el hecho de vestir corbata o piercings, la dislexia alcanza la cota cuando el perro se salva por parecer perro y el pollo muere por lo mismo. Mujeres agredidas sexualmente por su físico delatan este proceso de error. Personas esteticodisidentes  al canon de belleza impuesto por la dictadura de la mayoría, sufren rechazos y prejuicios por una mayoría que, de tanto ver, no ha aprendido a mirar. Hay cegueras videntes.

Vanitas vanitatis. La vanidad es, en el fondo, un deseo de ser aceptada en todas las variantes, de ser mirada, de ser deseada. Incluso desmitificarse puede ser un modo de vanagloria basado en la falsa modestia. Pero todo ello se traduce en un único deseo: el de ser aceptada, lógico, por cierto, como animales sociales que somos.

Cuando decimos que somos animales sociales no excluimos el ostracismo temporal, la necesidad puntual de soledad, el deseo de espacio íntimo personal (físico y psicológico) o incluso la posesión de un carácter cerrado. Las responsabilidades sociales no deben tomar en consideración lo privado, porque se tejen en lo común, lo universal: el derecho a la vida, la libertad y la dignidad.

Foto: Seven Resist

Foto: Seven Resist

No todo lo que parece es, y la crueldad pasiva, inconsciente y sin agresiones visibles es un ejemplo. No consideramos tortura atar a un perro y dejar que exista así, atado, solo, muerto en vida… Creemos que no lo maltratamos simplemente por no golpearle, e igual sucede con un cerdo condenado a ser su propia carne, encarcelado, aislado de su segunda piel: la libertad. Crueldad pasiva es la reprobación de alguien por el hecho de vestir una falda a nuestro juicio demasiado corta, por un peinado fuera de nuestro gusto o por poseer un tono de piel en desacuerdo a nuestra preferencia, es más, la maltratamos no aceptándola en un concepto de sociedad plural, calidoscópica, abierta y respetuosa. No digo tolerante, tengo alergia a esa palabra.

El más elocuente fascismo en la dictadura de los aspectos es el de la fotografía de personas; una imagen congelada de vida que precisamente la mata, reteniendo un fugaz suceso. La fotografía es un crimen perfecto, donde quien mira lo hace hacia atrás con coartada, transformándose en sal, y se halla a merced del juicio de quien mira la imagen y decide por un simple aspecto, sin profundizar, sin conocer.

La revolución ya no es salir a la calle a gritar consignas y quemar coches, la revolución es decir no a lo inaceptable, mostrando el lado humanista de nuestra humildad. La revolución es no matar, no robar, no drogarse ―para mantenerse lúcida y objetiva―, no aplastar personas, no dañar, no consumir, no mentir… y, sobre todo, no dejarse mentir por la apariencia ni las circunstancias. Ni todo lo que parece es ni todo lo que es parece.