MAMÍFERAS. PRIMATES. ÉTICAS. por Xavier Bayle

Otra de las líneas divisorias excluyentes a la hora de otorgar derechos a los animales es el concepto de deberes y obligaciones, argumento banal que elude precisamente algo más importante, la vida, la integridad y la libertad de las individuas.

En los 60, Desmond Morris afirmaba que somos, esencialmente, una especie cultural, económica y política. Hoy demostramos que otras especies mantienen comportamientos económicos y generan cultura y aprendizaje, así como estructuras que podríamos denominar de carácter político. Pero lo que más nos separa es, quizás, además de la ecoilogia, la ética. Otros animales sienten vergüenza, concepto del bien/mal o conciencia de las consecuencias de los actos, pero nosotras somos animales eminentemente éticos,  porque también somos la especie con menos escrúpulos.

La ética es el motor de la sociedad de derecho, y los derechos para los animales no humanos son una constatación de los humanos, ambos se retroalimentan y ratifican que una sociedad evolucionada no puede avanzar dejando a su paso víctimas. Una sociedad más justa debe velar y garantizar que nada vulnere gratuitamente los beneficios que reciben y emanan de sus individuas sintientes. No cabe segregar los derechos de ambos, pues forman parte de un todo, de un ánimo y un objetivo universal de defensa de la vida, la integridad, la libertad y la dignidad de sus miembros animales basado en el sensocentrismo. Esto implica un sistema nervioso central y complejas ramificaciones con afección a la psique, lo cual nos hace susceptibles de sentir soledad, tristeza, estrés, ilusión, angustia, aburrimiento, placer, dolor, etc. Compartimos con los animales sintientes personalidad, identidad y concepción abstracta del alrededor. Por eso somos personas, ellos y nosotras.

Los primeros derechos humanos -hoy ingenuos de tan básicos-, no se otorgaron mediante datos empíricos contrastados, análisis exhaustivos y consenso científico acerca de su legitimidad. No se precisó la unanimidad de neurólogas para determinar que sufríamos cuando nos confinaban en espacios cerrados, nos asfixiaban, golpeaban o violaban de algún modo. No fue la verbalización de la víctima la confirmación del dolor y el sufrimiento, sino el sentido común, la lógica empática, la intuición y la generalidad de caución; principios indisolubles a un estatus de subjetividad, contra la objetividad propia de las cosas. Podemos y debemos trasladar el proceder de nuestros derechos incluyendo en la esfera moral a todos los seres sintientes, llámense aborígenes, gallinas, migrantes o vacas, precisamente porque para los derechos, se valora el nivel sensorial y no el intelectual. Debemos despedirnos de la denigración que supone ser comparado con los animales no humanos, pues perdemos en casi todos los campos de competición.

El apartheid saharaui de los gobiernos francés, marroquí y español, la venta de armas europeas a África, la sempiterna conquista a sangre y fuego de América, la brutal explotación de sus territorios y exterminio de la población nativa, el monopolio corporativista sobre la soberanía de los estados, el cohecho de la “clase” política, el fascismo multifacetado del heteropatriarcado blanco, el asesinato de billones de animales no humanos…Son muchos frentes que siguen abiertos como úlceras supurantes en el cuerpo social y que deben erradicarse. El primer modo de hacerlo es visualizar dichos problemas mediante el activismo, presionando a las legisladoras para que los creen. Por ello, no podemos quedarnos de brazos cruzados disfrutando la vida a expensas de los bienes que fueron logrados para nosotras en épocas pretéritas, sin pecar de parasitismo social. Ha sido únicamente la capacidad de crítica, visualización y aplicación de correcciones lo que ha provocado los cambios sociales, no la voluntad política de las poderosas.

Quien espera que los leones renuncien a la carne olvida que ellos no tienen opción, sólo hambre. Nosotras tenemos la elección ética, mediante las revoluciones -pacíficas o no-, llevadas a cabo por personas conscientes y responsables de la época histórica en que existen. Se lo debemos a las activistas de ayer. Se lo debemos a nuestra especie.