INGENUIDAD Y COBARDÍA por Xavier Bayle

El genocidio contra las no humanas tiene paralelismos históricos humanos, la conciencia del entorno de las víctimas; sin embargo, no prevé su destino impuesto, ¿es ello un motivo para continuar sometiéndolas?”

ETHICALMAGAZINE1232Defendiendo la superioridad de la raza caucásica, las neonazis contemporáneas, y las que provocaron el genocidio europeo, acusan a las judías de cobardes por la poca oposición que interpusieron. “No se defendieron como humanas, merecían morir como animales”, alegan las detractoras, ejemplificando que, en algunos campos, poblaciones de 2.000 prisioneras no supieron sublevarse ante un número de vigilantes no superior a 40 individuas.

Europa era -y es- racista; ello la convertía en un campo de concentración donde el desasosiego de las prisioneras, la flaqueza del hambre, la incertidumbre, la nula esperanza y la incredulidad de que algo tan perverso pudiera estar sucediendo, las paralizaba. Existía también la creencia de la imperiosa necesidad de explotar a dichas personas para beneficio de la guerra y el Reich, el consuelo ingenuo de las prisioneras de que vivirían si trabajaban bien.

Sólo el ser humano prevé la falta de escrúpulos del ser humano. No existen  vacas con genes asesinos, las ovejas no torturan y ejecutan a sus compañeras, no se encierran los ratones entre sí en muros alambrados por motivos de especie y, por supuesto, una cabra no roba a otra su esqueleto para hacer jabón con él. La apariencia de un ser humano no delata a una psicópata o una entregada altruista, ambas se asemejan físicamente, así que nos fiamos y estructuramos las sociedades en la confianza mutua de que aquella persona a quien nos presentan y que ofrece su mano, no nos va a degollar con un cuchillo escondido en la otra mano. Sin embargo, somos la especie más experta en dobles intenciones, perversidad y capacidad de mal. Por eso las otras especies no se rebelan.

El supuesto patrón de sumisión que se atribuye a las prisioneras judías se manifiesta, por ejemplo, en las factorías de no humanas, donde aterrorizadas personas sin opciones subsisten hacinadas y obligadas a trabajar jornadas monstruosas para la producción de leche o huevos, sin posibilidad de escapatoria ni sabiduría de cómo conseguirlo. No comprenden que alguien que las tiene recluidas y les pega si no se mueven (ignorando que exista otro mundo fuera de ahí), las alimente regularmente. Las no humanas sienten algún tipo de confianza intuitivo e inocente, hasta que se encuentran un día en salas atestadas con el olor de la sangre de sus hermanas ejecutadas y resbalando con sus intestinos. No se defienden como hombres, merecen morir como animales.

Las liberadoras de personas criadas en granjas peleteras saben que las presas liberadas vuelven a menudo a aquellas y sus alrededores desorientadas, al no conocer otro lugar de alimentación ni cómo buscarla. La cría es un modo de domesticación similar a la de los experimentos rusos con generaciones de zorros cada vez más confiados, que acaban convirtiéndose en mascotas, fantaseando con ello la científica megalomanía de haber genuflexado a la naturaleza.

Los sectores más reaccionarios de la sociedad -incluyendo la izquierda oficial-, denominan a las activistas como parásitas. Las personas que luchan de mil modos por una ética humanista suelen ser acusadas de no trabajar, cuando hacerlo es cotizar para construir la economía de la patria. El concepto de patria es abstracto -llámese Reino de España o Tercer Reich- y difícil reconocerlo como tal, conscientes de que en su nombre, las gestoras no dudan en expoliar, torturar e incluso asesinar a sus propias ciudadanas. En tales circunstancias, no es extraño que crezca en el mundo una sana apatridad basada en la inteligencia, dado que amar algo que te daña es patológico; el Síndrome de Estocolmo es un ejemplo.

Sería lícito aplicar el término parasitismo a aquellas personas que no hacen nada para que la justicia y el sentido común se apliquen con sensibilidad y empatía interespecífica, es decir, las que viven a expensas de los logros que para ellas consiguieron activistas de épocas pretéritas. Estamos obligadas moralmente a mejorar. La cobardía es solamente de las verdugas.

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