HARTMUT KIEWERT por Tes Nehuén

En sus pinturas se destaca el color rojo: símbolo de ira y también el coraje. A través de ellas, Hartmut  lucha contra los prejuicios especistas.

“Si te molesta ver imágenes vio­lentas de animales, lucha por cambiar la violencia, no las imágenes” (Johnny Depp)

Esta premisa del actor estadounidense es la misma en la que se apoyan cientos de activistas a lo largo de todo el globo para trabajar por un mundo donde los animales sean individuos tan libres como los seres humanos pretenden serlo.

Hartmut Kiewert es uno de estos activistas, un artista que tiene una valiosa cualidad: fotografiar con sus propias manos instantáneas únicas.

“El consumo de carne es un símbolo del dominio y una metáfora absoluta de la falta de responsabilidad que hay en nuestra especie”, leemos en su página. Y es inevitable no pensar en la forma en la que nos enseñan a entender el respeto por la vida, la cual se limita a contemplar a aquellos individuos que pertenecen a nuestra propia especie.

Este artista tiene como fundamental objetivo plasmar la violencia intrínseca en diferentes planos de nuestra sociedad, sobre todo en la alimentación.

Sus pinturas buscan acercarnos una realidad brutal que venimos aceptando desde hace miles de años, para conseguir revertir la explotación de los animales en todos sus aspectos.

Una de las cosas que me ha llamado la atención es el uso persistente del color rojo y sus tonalidades colindantes. Un análisis primario podría llevarnos a entenderlo como la forma más cristalina de plasmar el derramamiento de sangre; no obstante, si buscamos profundizar en esto, podemos encontrar otras razones.

El rojo puede servir para simbolizar emociones como la rabia. Y sí, se percibe mucha rabia en sus pinceladas, por esa extrema codicia de nuestra especie, capaz de arrasar con todo; pero también es rojo el color que simboliza el coraje y la vida. Y he decidido terminar este artículo con una chispa de luz, la que se despide de sus pinturas. Puede que haya un mundo mejor esperándonos a todos, si no creyera en eso, seguramente no escribiría. Y, desde ya, ese mundo solo puede conseguirse con almas como la de Hartmut, capaces de luchar por ese futuro.