GUERRA DE SEXOS por Ariana Olivares

Nos encontramos en una época de lucha contra los estereotipos patriarcales, reivindicando para la mujer una ruptura con la presión estética y una mayor sensibilidad para los hombres, pero olvidando que esa nueva corriente de cómo deberíamos ser no es más que otra forma de autolimitarnos en nuestra libertad como personas y no como sexos.

Foto: Chema Concellón

Foto: Chema Concellón

En nuestra lucha contra el patriarcado, se aprecia una tendencia a la inversión de los roles hasta hoy establecidos. Exigimos a los hombres que sean sensibles, buenos, que no compitan, pero al mismo tiempo muchas mujeres rechazan a estos por ser demasiado blandengues o calzonazos, y exigimos a las mujeres que sean más agresivas y ambiciosas, que no se depilen y que sean más promiscuas en honor a la libertad sexual, siendo éstas rechazadas muchas veces por ellos por considerarlas feminazis, término absurdo, dicho sea de paso. La cuestión es, que de nuevo, resulta difícil encajar, pues antes de hacer nuestra propia reflexión, nos encontramos con las nuevas normas.

Femenino no es sinónimo de mujer y masculino no es sinónimo de hombre, del mismo modo, la relación de lo femenino con lo débil y lo masculino con lo fuerte, no es más que otra construcción social que nos limita en nuestra forma de sentir, pensar y actuar. Si partimos de esta base, es decir, de que nuestras actitudes y comportamientos no son más que imposiciones sociales, ¿es posible llegar a definir los conceptos de hombre y mujer? Tal vez renunciar a ello es la clave para vivir en igualdad y armonía.

Según la Teoría Queer de Judith Butler, somos mujeres u hombres según aprendemos desde la cuna, asumiendo, en primer lugar, nuestra heterosexualidad; si es niña jugará con Barbies con vestidos rosa y se sentirá atraída por los niños, y si es niño será valiente y correrá detrás de un balón y de las niñas. Simone de Beauvoir lo dijo bien claro, la mujer no nace, se hace, y así sucede también para ellos. Actualmente, estamos tomando los roles atribuidos al otro sexo y colgándoles una nueva etiqueta, cuando la solución reside en eliminarlos. Destruirlos. Deshacernos de las características que atribuimos a unos y otros, para crear personas libres que puedan elegir su propia personalidad, su propio género y su propia forma de vivir y disfrutar su vida en soledad o en sociedad.

El replanteamiento de todo lo que conocemos hasta hoy en lo referente a nuestra identidad como personas y a nuestras relaciones afectivas y/o sexuales, abarca también conceptos como la familia o el amor romántico; relaciones heterosexuales y monógamas, príncipes azules, mujeres de portada, amas de casa, machos alfa… incluso la maternidad en sí es algo que debemos cuestionarnos, pues el control de la sexualidad (en particular la de la mujer) y del cuerpo, ha convertido a esta en un mero objeto sexual, cuya razón de ser es la satisfacción de las necesidades del hombre y la fabricación de bebés, sin la cual se podría llegar a pensar (y se piensa), la vida de una mujer no estará completa.

Foto: Left Hand Rotation

Foto: Left Hand Rotation

Todos estos nuevos planteamientos son a menudo motivo de controversia, pues nuestro cerebro se asusta ante los cambios y defiende con uñas y dientes la normalidad que conoce; una realidad en la que todas las respuestas le han sido dadas y en la que no requiere de hacerse preguntas que cuestionen lo establecido.

Los ahora llamados “hombres nuevos” son otro príncipe azul, otra expectativa. Los hombres sufren de un complejo de inferioridad ante el éxito de la mujer,  al no encajar en las exigencias de la sociedad, que dicta que él debe ser el triunfador y no ella. Las mujeres renuncian y se conforman,  y se condenan a sí mismas como esclavas de la estética, sintiéndose poco deseadas, pues esto es lo que “debemos ser”. Es correcto que nosotras recuperemos nuestro poder, ya que al perderlo, les hemos concedido a ellos parte de nuestra libertad, pero no para pisarles invirtiendo los papeles, y ellos, deben bajarse de su trono de hazañas como medidor de éxito y quitarse su escudo.

Todo son estrategias de manipulación del divide y vencerás, separando a la sociedad en dos sexos que se enfrenta, y dividiendo, además, a las mujeres entre ellas, dificultando su empoderamiento, con teorías como la de la doctora Tracy Vaillancourt, psicóloga de la Universidad de Ottawa, que argumenta que la mujer es competitiva y agresiva con las demás por un comportamiento arraigado en nuestro pasado evolutivo, cuando se competía por atraer al mejor macho. Hoy se traduciría en criticar a las espaldas y la exclusión social. Del mismo modo, considera que “la mujer emplea el sexo como recurso para conseguir lo que quiere de los hombres”. Nuestras vidas parecen girar en torno a la captura de un hombre a través de nuestro cuerpo, negando nuestra capacidad para pensar y tener vida propia o para disfrutar del sexo como tal.

No tenemos que aplaudir o celebrar que algunos hombres se interesen por el feminismo, como si nos hiciesen un gran favor, pues eso sería equivalente a agradecerles su ayuda en las tareas de la casa. Es parte de su obligación como personas y también como víctimas del mismo sistema, porque aunque en menor medida, ellos también deben ajustarse a ese prototipo de hombre insensible y competitivo que nunca expresa sus emociones, y que está muy lejos de ser real. No necesitamos hombres feministas, sino hombres que dejen de ser hombres. Y necesitamos mujeres que recuperen su poder, decidiendo libremente lo que quieren hacer con sus cuerpos y sus vidas, rompiendo con el canon estético que rige todas sus acciones, pero tomando o dejando libremente lo que deseen, para así vivir en equilibrio e igualdad.

Es hora de que dejemos de ser hombres o mujeres, remarcando nuestras diferencias. Debemos destruir ambos conceptos, pues si los roles son una imposición social, nos encontramos con una laguna al atribuir características a ambos sexos, quedándonos simplemente con personas que poseen, como tales, los mismos sentimientos y las mismas necesidades de seguridad, afecto y compañía.

Dejemos de dictar cómo debemos ser según nuestro sexo, seamos personas con género libre y con libertad para formar nuestra propia personalidad y complementarnos con quien nos encontramos mejor, sin importar quién ejerce cada rol. Vive libre y deja vivir en libertad.