GENTRIFICACIÓN NO ES UN NOMBRE DE SEÑORA por Marta Arnaus

El Raval en Barcelona, Chueca en Madrid, Harlem en Nueva York o Brixton en Londres, son ejemplos paradigmáticos de barrios céntricos e históricos donde actualmente se viene produciendo este fenómeno llamado “gentrificación”.

Foto: Tim Snell

Foto: Tim Snell

“Gentrificación” en ciencias sociales y urbanismo es un concepto muy amplio, lleno de matices y que, pese a haberse acuñado en los años sesenta, aún hoy es motivo de estudios y de debates teóricos y éticos. Se trata de un fenómeno esencialmente urbano, propio de las ciudades neoliberales –u occidentales y occidentalizadas- y que afecta a las capas sociales más bajas de la pirámide social urbana. Sin embargo, y a pesar de lo cotidiano, si no nos toca de cerca como vecinos afectados, este fenómeno pasa desapercibido para muchos y, lo que es peor, desde el poder institucional y económico, nos es presentado como un proceso positivo de transformación urbana.

Para entendernos, cuando hablamos de este fenómeno nos referimos al proceso de desplazamiento de un sector de población que habita una determinada área urbana, pasando ésta a ser ocupada por otro sector de población de mayor nivel adquisitivo. Se trata de una especie de elitización o “recualificación” residencial, y que habitualmente tiene lugar en barrios populares y cercanos al centro urbano de una ciudad o en áreas cercanas a determinados enclaves económicos estratégicos de la ciudad.

El proceso que viven estos barrios de origen popular casi siempre es el mismo: en una primera fase, el barrio, a pesar de su ubicación céntrica e histórica en la ciudad, no es rehabilitado y en él no se realiza prácticamente ninguna intervención pública urbanística ni ningún tipo de inversión privada para mantener y/o mejorar los servicios y los espacios públicos. El barrio entra en un espiral de degradación: las rentas de la vivienda son cada vez más bajas, de manera que se instala en él gente con cada vez menos recursos que, por la no rehabilitación del barrio, viven en condiciones muy precarias, y por otro lado, se propicia en el área la aparición de actividades ilícitas, drogas, redes de prostitución, etc.  Una vez llegado este punto, a ojos de la mayoría de ciudadanos, éstos son barrios deteriorados, peligrosos y que “hacen feo” en la ciudad. Se hace pues necesaria para la ciudadanía y las instituciones, una intervención inmediata de revalorización de esos centros urbanos.

Foto: zeroanodino

Foto: zeroanodino

Pero ahora bien, está claro que todos convendríamos en la necesidad de mejorar las condiciones de estos barrios, de hacerlos un lugar digno para la vida en la ciudad, pues eso debería ser lo prioritario en la escala de valores social; pero al final, como casi siempre, la historia acaba siendo muy distinta. Y efectivamente es muy distinta, porque aquí es la parte de la historia donde entran en acción inversores inmobiliarios, empresarios turísticos y demás especuladores económicos y urbanísticos, entre los que por supuesto incluyo las instituciones públicas (locales, regionales y estatales), las cuales demasiado a menudo juegan un papel perpetrador a favor de los intereses económicos.

Porque al final, cuando se decide intervenir, no se trata de hacer el barrio más habitable para las personas que viven en él, ni significa que se van a preocupar por los problemas que puedan tener sus vecinos e intentar poner las soluciones urbanísticas al servicio de ellos. No, no. La renovación del barrio significa en realidad hacer el barrio atractivo para sectores sociales con rentas más elevadas.

La ubicación céntrica, la naturaleza histórica, la imagen pintoresca del barrio, la diversidad cultural que hay en él, la presencia de artistas y la vida bohemia que se les presupone en nuestro imaginario colectivo, etc. Todo ello es usado como reclamo de marketing que lo convertirá en un caramelo para un perfil social determinado de renta media-alta, pero que a pesar de su posición económica se ve atraído por lo bohemio, lo alternativo, lo “guay”: hablamos de yuppies, hipsters, multi-cultis, etc. y demás “bestiario” social parecido. Gente joven con formación superior, con profesiones liberales o cualificadas, emprendedores y personas con intereses sofisticados de ocio e inquietudes culturales.

Foto: OBJETIVO ALTERNACTIVO

Foto: OBJETIVO ALTERNACTIVO

Estos barrios se ven inmersos en rehabilitaciones integrales de calles y bloques de viviendas, en derribos masivos de edificios para la construcción de apartamentos de alto standing, en la creación y el fomento de servicios y actividades comerciales que encajan con el modo de vida de los que se quiere que sean los nuevos vecinos: construcción de parkings, hoteles, boutiques de moda, restaurantes de alto nivel, bares de copas “cool”, etc.

El resultado es que los vecinos del barrio de clase popular son “invitados” a marcharse del barrio tanto de manera directa mediante expropiaciones y ofreciéndoles una vivienda en otra zona de la ciudad; o de manera indirecta, pues con la intervención urbanística y económica el precio de la vivienda empieza a elevarse y hace imposible que permanezcan en él, produciéndose así su expulsión hacia zonas aún no gentrificadas de la ciudad.

La gentrificación – como proclaman en las calles los vecinos afectados- no es un nombre de señora, no. Es una apisonadora de la vida de barrio y sobre todo es socialmente injusta y éticamente sospechosa, pues convierte la ciudad en un producto urbanístico que se compra y se vende y que expulsa a las clases populares de los barrios, por no ser rentables para el capital.

Ante esta situación, en muchos centros históricos, los vecinos han decidido no marcharse y organizarse para resistir. Un ejemplo de resistencia vecinal y reapropiación urbana por parte de los vecinos de un barrio en proceso de gentrificación es el caso del Forat de la Vergonya en el Casc Antic de Barcelona, del que Falconetti Peña hizo un estupendo documental (“El Forat” -El Agujero-, 2009). La férrea lucha de los vecinos de estos centros históricos por mantener su barrio ante el gigante de la economía urbanística y de la industria del turismo y para reclamar a los ayuntamientos y demás instituciones públicas que se pongan al servicio de los vecinos, es muchas veces una lucha de David contra Goliat, pero ante los procesos gentrificadores salvajes que vivimos, no es casualidad que detrás de los movimientos sociales que se reactivaron con el 15-M, sean los vecinos y las asociaciones de barrios los que lleven la batuta del cambio social. Es esperanzador.