“FORTALEZA EUROPA” por Marta Arnaus

El 6 de febrero pasado, 400 personas de origen subsahariano intentaron cruzar a nado el espigón fronterizo que separa Marruecos de Ceuta. La intervención y ataque de la Guardia Civil española con material antidisturbios para impedir su entrada en territorio español, se saldó con la muerte por ahogamiento de 15 inmigrantes. Lamentablemente, la violencia y muerte en la Frontera Sur de Europa no son una excepción, ni éste un caso puntual.

La escandalosa actuación de la Guardia Civil española en los hechos de Ceuta, no solo atacando a los inmigrantes con balas de goma y lacrimógenos mientras estaban en el agua, sino también negándoles el auxilio, ha levantado ampollas entre la opinión pública y ha puesto en la picota a las autoridades españolas y europeas, quedándose al descubierto los continuos y habituales atropellos a los Derechos Humanos que traen consigo el control migratorio y las políticas de seguridad en la Frontera Sur.

En este contexto, el propio gobierno español focalizó la atención de la tragedia en la supuesta gestión deficiente de la frontera por parte de la policía de Marruecos y en la dificultad de determinar si estaban en aguas españolas o marroquíes, obviamente para eludir responsabilidades y pasarse la pelota.

Pero, ¿de quién es la responsabilidad? Intentar responder a esta pregunta nos puede ayudar a entender cómo funciona en líneas muy generales el sistema de control de fronteras europeo. Justamente la opacidad, unida a la externalización del control de fronteras, hace que las responsabilidades se difuminen y, salvo en casos puntuales que hacen ruido en los principales medios de comunicación y que cuestionan lo sucedido, se hace difícil rastrear los procesos y denunciar a los responsables.

Cuando suceden hechos de este tipo, desde el gobierno español y la mayoría de medios de comunicación españoles, la policía marroquí es habitualmente presentada como el “poli malo” y la policía española como el “poli bueno” de la frontera. No nos dejemos llevar por el orgullo patrio; tanto España como Marruecos ejecutan las políticas de actuación que marca FRONTEX, la agencia europea encargada del control de fronteras de la Unión Europea.

La UE no posee un cuerpo policial y militar propio, de manera que cada país contribuye al control de las fronteras con su propio cuerpo policial nacional, que recibe formación específica por parte de dicha agencia en cuanto a directrices de seguridad y migratorias. En un mundo como el actual, marcado por la desigualdad económica entre el Norte y el Sur, a España, por su situación geográfica, le corresponde la ardua tarea y la responsabilidad de contener la frontera Norte-Sur,  que une la expoliada y explotada África con la rica y opulenta Europa, jugando un papel protagonista por el que recibe una compensación y que, de no cumplirlo, puede ver cómo la UE le toca la cresta.

Pero Frontex no tiene suficiente con eso. Para impedir la llegada de inmigrantes a Europa, se implementan otras políticas colaterales “preventivas” con los países limítrofes (Marruecos, Argelia, Libia, Turquía, etc.),  anunciadas por la UE como pactos de vecindad y de cooperación destinados a mitigar la desigualdad entre dentro y fuera de la frontera. Lo que no suele anunciar a bombo y platillo es que estas ayudas al desarrollo están subordinadas al control migratorio. En la letra pequeña de estos pactos, la UE traspasa responsabilidades del control migratorio; lo externaliza, creando así un cordón de seguridad a su alrededor que hace el trabajo sucio a cambio de unos cuantos millones de euros. Si los inmigrantes llegasen a territorio europeo, estos serán devueltos y sus países pueden quedarse sin las ayudas.

Se entiende (aunque no se justifica), la insistencia de España en evadir responsabilidades, así como la habitual brutalidad de la policía marroquí, pues dicho rápido y mal en una metáfora: la policía marroquí vendría a ser el sicario contratado por los europeos de traje y corbata de Bruselas.

En definitiva, las ciudades-frontera  de occidente, como Ceuta y Melilla, a pesar de ser enclaves tomados por agentes de seguridad del Estado cuyo objetivo es que se cumpla la ley, paradójicamente se acaban convirtiendo en ciudades sin ley, donde se enfrentan cuerpo a cuerpo la miseria económica de los países del Sur contra la miseria moral y la ética miserable de la Europa de los Pueblos. Es justamente en estos lugares donde Europa se muestra inquebrantable, anteponiendo la defensa de su fortaleza a aquella de los derechos humanos y vida de las personas, al mismo tiempo que la presunta connivencia entre agentes policiales fronterizos y mafias migratorias, hace que por un módico precio, algunos miren hacia otro lado y se abran rendijas.

De hecho, la idea de Europa como una fortaleza también es usada por la Unión Europea a nivel simbólico para reforzar la idea de unidad. Solo hace falta echar un vistazo a los nombres mitológicos de las operaciones de Frontex: Hermes, Hera, Poseidón, etc.; son  los héroes que protegen las fronteras de los “bárbaros” que nos asedian.

Los muertos en el intento de entrar a Europa desde África se cuentan por miles. Se calcula que en el Estrecho han perdido la vida unas 20.000 personas, sin contar aquellas cuyos cuerpos desaparecidos se ha tragado el mar y que ni siquiera figuran en una triste tabla estadística. Las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla se han convertido en auténticos fuertes amurallados al más puro estilo medieval, con vallas cada vez más elevadas y remachadas por cuchillas cortantes para disuadir que sean franqueadas, y vigiladas por policías a lado y lado de la frontera, ávidos de “cazar al negro” con especial “hincapié” (y nunca mejor dicho) en herir piernas y brazos, impidiendo que vuelva a saltar la valla que separa los países pobres y explotados de los países ricos y explotadores.

Cada uno que saque sus conclusiones de para qué sirven las fronteras y de si una raya en el mapa vale más que la vida de las personas. Dicen los que han viajado al espacio que si miras la Tierra desde allí arriba, no se ven ni fronteras ni banderas.