EL DOPAJE EN EL DEPORTE por Alberto Peláez

Podemos considerar el dopaje como el consumo de sustancias  prohibidas y  uso de métodos no reglamentarios (transfusiones y autotransfusiones sanguíneas), destinados a aumentar las capacidades físicas de los deportistas y su rendimiento deportivo, o a modificar los resultados de las competiciones en las que participan. Si bien no introducen ninguna sustancia exógena en el organismo, se consideran una alteración peligrosa y fraudulenta.

Foto: Xoan Baltar

Foto: Xoan Baltar

Su uso suele traer acarreado un riesgo para la salud, sobre todo cuando se realiza por cuenta propia con la intención de superar nuestros propios límites físicos. El dopaje ha existido siempre, su historia es tan antigua como la del deporte, pues ya los antiguos atletas griegos en el siglo IV tomaban infusiones de plantas estimulantes, que les ayudaban a conseguir la victoria y, así, el reconocimiento y el éxito, además de los premios económicos existentes en esa época.

El deporte es competición, superación, sacrificio, y la lucha por alcanzar el máximo rendimiento del cuerpo humano nos ha llevado a alcanzar un nivel de especialización en el cual atletas profesionales se convierten prácticamente en autómatas, sobre los que se intenta influir en todos los parámetros de su fisiología para alcanzar su máximo rendimiento.

Dietas medidas al milímetro, entrenamientos científicos donde la carga  física roza la delgada línea del agotamiento total casi a diario, ayudas ergogénicas, masajes, descanso, fisioterapia, cámaras hiperbáricas, concentraciones en altura… y entre todas estas herramientas, muchas veces atletas, entrenadores y directores deportivos se ven tentados a llevar el rendimiento  deportivo un poco más allá utilizando sustancias y métodos dopantes.

¿Qué lleva a un deportista a aceptar una práctica dopante?

En el caso de un profesional, la respuesta parece más sencilla. El deporte se ha convertido en un espectáculo, un negocio; el público quiere grandes actuaciones, emoción, récords, épica, y a su vez, los patrocinadores quieren rentabilidad económica en su inversión. En este panorama, los atletas se convierten en simples peones que se ven forzados a acatar las normas no escritas si quieren seguir el tren que impone este modelo.

El problema es que, la mayoría de las veces, los controles  antidopaje no son efectivos; tenemos ejemplos claros en las confesiones de deportistas y en pruebas retrospectivas de muestras congeladas de sangre y orina, que demuestran claramente como el doping ha llegado a estar prácticamente  institucionalizado. Por citar 2 ejemplos, la mayoría de los récords en atletismo de velocidad y fuerza durante los 80 fueron conseguidos gracias, en parte, al uso de anabolizantes; en los 90, el uso de Eritopoyetina (hormona que aumenta la oxigenación) fue usada masivamente en el pelotón ciclista y en el atletismo, así como las autotransfusiones de sangre a partir del 2000.

Los casos positivos en esta época se debían casi más a un descuido del médico o deportista que a la propia fiabilidad del método de control en sí. Por eso, sin querer exonerar de culpa a los deportistas, es entendible cómo, con pocas excepciones, la mayoría de ellos aceptaban el consumo de estas sustancias, no ya para ganar, sino para poder conseguir un contrato al año siguiente y competir al ritmo del pelotón, es decir, como un medio para continuar su trabajo, si bien traicionando sus  principios y valores morales.

Además de la dependencia psicológica  generada del que vive en un estado de máximo rendimiento físico, con la obligación de complacer al público y patrocinadores, muchas veces se derrumba la barrera de autoprotección del deportista; la presión del deporte de élite es extrema, y la necesidad de seguir en este estado de superrendimiento lleva al deportista a perpetuar estas acciones creando una dependencia psicológica.

Ahora trasladamos la pregunta al deportista popular: ¿qué le lleva a poner en riesgo se salud para conseguir mejoras deportivas?

Es curioso que, siempre que alguna trama de dopaje ha sido descubierta, la mayor parte de las sustancias iban destinadas a deportistas no profesionales y, en su mayoría, a gimnasios de musculación. Los anabolizantes,  sustancias capaces de aumentar la fuerza y masa muscular, no sin graves efectos secundarios, son los más demandados. Aquí buscaríamos las razones que llevan a una frustración al no alcanzar la imagen de alguien fuerte que la sociedad nos obliga a tener, generando un sentimiento de inferioridad. Estas podrían ser una falta de madurez y/o falta de disciplina y dedicación para poder alcanzar una meta con nuestro propio  esfuerzo y sacrificio.

Otro gran destinatario serían los deportistas en pruebas competitivas populares de resistencia, como el atletismo, ciclismo, triatlón, etc. En este caso, aunque el premio no  siempre  es económico, la sensación de la victoria o el reconocimiento social, ahora aumentado por el impacto de las redes sociales, pueden crear una dependencia del deseo de ganar o de superar sus marcas, haciendo que, ante la falta de controles antidopaje, el deportista amateur utilice estas prácticas.

En ambos casos, creo que se  trata de una traición, primero al propio deportista, consiguiendo la victoria o la mejora del rendimiento mediante trampas, convirtiéndose en un acto miserable de autoengaño, traicionando también el espíritu del deporte.

En descargo de los deportistas apuntaré que, muchas de las sustancias incluidas dentro de las dopantes, son las que a diario toma la gran mayoría de la población en forma de medicamentos habituales fácilmente prescindibles (analgésicos, relajantes, estimulantes), pero que hemos llegado a normalizar en una sociedad que, sin darnos cuenta, se mueve al ritmo de las drogas permitidas (cafeína, nicotina, medicamentos, alcohol…) y no permitidas.

Foto: Ciclismo Italia

Foto: Ciclismo Italia

Aunque el ciclismo y el atletismo parecen más susceptibles a casos de dopaje, ningún deporte se libra de esta lacra, y el hecho de que aparezcan menos casos positivos en otras disciplinas como el fútbol, se debe a que se realizan una cantidad inferior de controles en comparación con otros deportes.

La solución podría estar en la disminución de la dureza y duración de pruebas agónicas, en las  sanciones de por vida  a nivel de competición deportiva o en el aumento del número y efectividad de los controles, así como la imputación del deportista y de sus instigadores, administradores y proveedores.

Como deportista y competidor, lo primero es ser cuidadosos con nuestra salud, por eso las sustancias dopantes no deben ser contempladas, pero aún más importante es ser fieles a nuestra ética y a nuestros valores. En mi caso, como deportista vegano, me mueve la sensación de libertad y plenitud que me da el deporte; el demostrar que un máximo rendimiento deportivo es compatible con una vida de respeto a los animales, y encuentro que una alimentación vegana me da todo lo que necesito para alcanzar mis metas, y me mantiene alejado de la gran mayoría de medicamentos, con una vida sana, sencilla y natural.