“Difunde la palabra” por Noemí Alba

Entendemos el derecho de autor como el conjunto de facultades y atribuciones de orden moral y patrimonial que la ley concede a los creadores de una obra de la inteligencia, pero ¿hasta qué punto podemos ser dueños de una idea? ¿Y qué sentido tiene crear una obra si no se comparte libremente?

Foto: Kristina Alexanderson

Foto: Kristina Alexanderson

Desde que comenzó la aventura de Ethical Magazine, hace ya más de un año, hemos podido ofreceros en esta sección abundante material audiovisual en forma de varias decenas de documentales con información valiosa sobre el mundo que nos rodea.

Lamentablemente, mes a mes, la labor de búsqueda se ha ido complicando considerablemente en la red de redes, ya que no todos los autores están dispuestos a compartir.

Pero la lucha por la propiedad intelectual no es un fenómeno de la era digital, pues la polémica de la piratería existía ya desde que Gutemberg inventara la imprenta. Y es que la necesidad de saber y de compartir la cultura como un bien común de toda la humanidad, ha ido siempre de la mano del ansia por el lucro y el prestigio.

¿Dónde está la línea que separa la censura de  los privilegios de autor? Según el historiador Robert Darnton:

“Las bibliotecas existen para promover un bien público: “el fomento del aprendizaje”, un aprendizaje “gratuito para todos”. Las empresas existen para ganar dinero para sus accionistas, y una buena cosa, también, para el bien público depende de una economía rentable. Sin embargo, si permitimos la comercialización de los contenidos de nuestras bibliotecas,  no podemos esquivar una contradicción fundamental. Digitalizar las colecciones y vender el producto de manera que no se garantice un amplio acceso sería repetir el error que se cometió cuando los editores explotaron el mercado de revistas, pero a escala mucho mayor, ya que Internet se convertiría en un instrumento para la privatización de  conocimientos que pertenecen  a la esfera pública”

“Steal this Film”, de Jamie King, trata sobre el libre acceso a la cultura, la disminución de los costes de distribución, el derecho a copia y modificación y el contacto directo entre creadores y público, factores imprescindibles para crear cultura libre. “Cada ciudadano tiene derecho a recoger, usar, derivar de, y distribuir cualquier cultura, conocimiento e información pública, siempre que sea para uso no comercial. Las patentes están contrarrestando su propósito inicial, y necesitan ser abolidas completamente. El copyright necesita volver a un nivel justo y equilibrado, de forma que el creador pueda tener un período corto pero suficientemente largo de protección para conseguir dinero de trabajos creativos en entornos comerciales”. Pirate Party (Suecia)

“¡Copiad, malditos!” de Stéphane M. Grueso, propone el reto de distribuir el propio documental sin pasar por el trámite del copyright, planteándose al mismo tiempo hasta qué punto es ético pretender ser propietarios de una idea e impedir la divulgación de la misma sin previo beneficio económico.

La información es poder, y el saber es a menudo rechazo, inconformismo y rebeldía. Es la oportunidad de conocer, crear opciones y elegir. Por eso, a pesar de las dificultades, de un modo u otro, desde este medio, seguiremos haciendo lo posible por ofrecer ese conocimiento que, como un bien transmisible  de humano a humano, es la herramienta básica para construir una sociedad mejor.

Para saber más sobre derechos de autor y acceso a la cultura: https://www.derechosdigitales.org/131/derecho-de-autor-y-cultura/