“DE LA COHESIÓN SOCIAL A LA TIRANÍA DE LOS MERCADOS” por Marta Arnaus

Mientras asistimos al desmantelamiento de lo público y ante la continua aprobación de leyes que casi nos devuelven a la condición de esclavos, muchos se quedan atónitos ante la sumisión de los Estados neoliberales a los dictados de la economía global. ¿Cómo hemos llegado a este punto?

Allá por el siglo XVII, Rousseau, Hobbes, Locke y compañía -cada cual con sus matices- nos explicaban aquello del “contrato social”, que no era otra cosa que una explicación del origen del Estado y de su razón de ser. Para los pensadores de la Ilustración, el contrato social venía a ser una especie de pacto tácito entre los individuos que componían una sociedad con el objetivo de someterse a una autoridad (el poder político y sus leyes); pero a cambio de perder parte de su libertad, los individuos obtenían protección o, cuando menos, una estabilidad o cohesión, también llamada, paz social. Se partía de la idea de que sin un orden político superior que nos gobernase, los individuos nos veríamos abocados a la guerra continua, al conflicto y a la destrucción total.

Sin embargo, después del supuesto contrato social y de la creación de los estados modernos, nadie ha constatado aún que la guerra, los conflictos y la destrucción hayan desaparecido. Si esa era la finalidad de los Estados, de someternos a todos a una autoridad, permitidme que ponga seriamente en duda su razón de ser. Visto lo visto, creo que cuando cambiamos el cromo de la libertad individual por el de la estabilidad social, más que un trato, nos hicieron un truco.

Pero dejando sarcasmos a un lado y volviendo a la reflexión sobre la situación actual, no nos engañemos: no es una casualidad que los estados liberales modernos y el capitalismo surgieran prácticamente al mismo tiempo. A pesar de que desde sus orígenes el proceso de acumulación capitalista partía de la premisa que el sistema económico era autónomo y que debía estar controlado exclusivamente por los precios del mercado y autorregularse, casi se podría afirmar que el capitalismo no hubiera prosperado sin la inestimable ayuda y colaboración de sus amigos los Estados.

La colaboración del Estado con la economía empieza a forjarse en el momento en que ésta necesita per se  mano de obra o fuerza de trabajo para que el sistema funcione, pues alguien tiene que trabajar y producir bienes y servicios. No debemos perder de vista que cuando hablamos de “mano de obra” estamos hablando de seres humanos. Desde el momento en que se incluye a las personas en el mercado y en la organización y división del trabajo capitalista, se está subordinando “la sustancia de la sociedad misma a las leyes del mercado”, para decirlo en palabras del economista político, y ya clásico, Karl Polanyi.

En esta mercantilización de la sociedad y de las personas al servicio de la economía, es donde entra en juego el Estado moderno liberal. El Estado pasa a desempeñar funciones de “gestor social”, aplicando medidas protectoras de los individuos que, en realidad, no son otra cosa que medidas “perpetradoras” que aseguran el aprovisionamiento de fuerza de trabajo para el mercado, o dicho de otro modo y parafraseando al sociólogo portugués Buenaventura de Sousa Santos: el Estado aplica medidas que garanticen la “integración subordinada” de las personas al mercado, asegurando la justa dosis de cohesión social para que el sistema económico continúe funcionando. Sí, así de crudo.

Esta conceptualización del Estado como protector (nótese que desde “arriba” nos dicen que es protector de los ciudadanos, pero sería más apropiado hablar de protección de la mano de obra para que el mercado no se quede sin ella) da lugar al nacimiento en algunos países de Occidente de lo que se ha convenido en llamar el Estado del Bienestar. Este modelo de Estado parte de planteamientos socialdemócratas y se basa en la implantación de medidas políticas que logran la integración social a través del trabajo y del consumo, asegurando teóricamente el pleno empleo y redistribuyendo la riqueza a través del sistema fiscal, paliando de este modo las desigualdades existentes en un sistema cada vez más jerarquizado por la economía, que es consecuencia lógica de la acumulación de capital. Así, la creación del Estado del Bienestar supondría un “pacto” entre las clases trabajadoras y los patrones (o el poder económico, dicho en abstracto) para desactivar la lógica y creciente tensión de clases que se deriva de la jerarquización que introduce el sistema económico de mercado.

La polarización social y económica creciente, unida al auge de la tecnología y las telecomunicaciones, así como a otros factores económicos, como sabemos, ha extendido el sistema de mercado a nivel global; es la globalización. Desde ese momento, el Estado queda absolutamente subordinado a la red global de intercambios y de sistemas productivos transnacionales. El Estado liberal está perdiendo protagonismo a pasos agigantados, además de capacidad de intervención. Por el contrario, organismos económicos globales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y determinadas corporaciones económicas y financieras de tamaño monstruoso, han pasado a controlar cada vez más la economía mundial y, con ello, a imponer a los estados cómo deben gestionar la sociedad y a las personas que la componen.

Y, más o menos, aquí es donde nos encontramos hoy, con un contrato social con el Estado que es papel mojado, aunque me pregunto si verdaderamente alguna vez estuvo seco. No sé si tal vez habría que desempolvar dicho “contrato social”, pero para romperlo definitivamente, y luego, colectivamente -porque no puede ser de otra manera- emprender un nuevo camino. ¿Por qué no?

BIBLIOGRAFÍA

POLANYI, K. (2007 [1957]), «El mercado autorregulado y las mercancías ficticias: mano de obra, tierra y dinero», La gran transformación, México, FCE.

SANTOS, B. DE SOUSA (2003), La caída del Angelus Novus. Ensayos para una nueva teoría social y una nueva práctica política, Bogotá, ILSA.

HANNERZ, U. (1998) [1996], Conexiones transnacionales, Madrid, Cátedra.