CUESTIONANDO EL CRITERIO DE PROXIMIDAD por Juan Antonio Navarro

Hemos construido un mundo bajo la paradoja del árbol que cae sin hacer ruido en el bosque debido a que nadie puede oírlo. Hoy, dramas como el que acontece en los preparativos del mundial de fútbol de Qatar comienzan a arrancarnos del absurdo. Definitivamente el mundo existe aunque no podamos mirarle a los ojos.

Existen en el periodismo una serie de criterios que determinan que una información merezca ser considerada como noticia o no, conocidos como criterios de noticiabilidad. Entre los que ejercen mayor influencia en la decisión, encontramos el criterio de proximidad, que viene a exponer que la empatía y la preocupación se diluyen conforme se extienden los kilómetros. Pero, ¿qué ocurre cuando el cumplimiento de los derechos humanos en las antípodas depende de la sencilla elección de la marca de nuestras zapatillas o del canal de televisión que vemos? ¿Qué tiene que decir el criterio de proximidad sobre una globalización que nos ata a todos alrededor de la forma en que vivimos?

Cómo, sino a través de la existencia de esta red ineludible, podemos entender que un nepalí se vea sometido a condiciones laborales esclavizadoras bajo la contratación de una empresa surcoreana, la cual construye un mega estadio de fútbol en Qatar que podrá disfrutar un turista alemán y contemplar desde el sofá de su casa un español allá por 2022. La telaraña nos envuelve a todos, y negarla y no asumir el grado individual de responsabilidad, cediendo por completo la toma de decisiones a organismos que mucho tienen que ver con la riqueza y muy poco con los derechos humanos, conduce a situaciones tan lamentables como la que está sucediendo en la preparación de la XXII edición de la Copa Mundial de Fútbol de Qatar de 2022.

Mientras más de un millón de inmigrantes trabaja a temperaturas desérticas sin descanso, sin acceso a agua potable gratuita, sin derecho de sindicación, sin libertad para dimitir y salir del país, y en ocasiones incluso sin salario, según investigaciones de Amnistía Internacional y la Organización Internacional de Trabajo, las empresas se desentienden, el emirato anuncia maravillas arquitectónicas como el Estadio Icónico de Luisail, y Joseph Blatter, presidente de la FIFA, califica de injustas las críticas, niega que el cumplimiento de los derechos laborales sea competencia del organismo deportivo que preside y plantea un cambio de fecha para el mundial, el cual evitaría, a deportistas y turistas, unas temperaturas veraniegas extremas que seguro colaborarán en las cuatro mil muertes que la Confederación Sindical Internacional estima entre los trabajadores partícipes en la construcción de las instalaciones de aquí a 2022.

Con las grandes empresas lanzando falsas promesas de vigilancia laboral, con el gobierno del país más rico del mundo (según la Paridad del Poder Adquisitivo per cápita) negándose a encabezar una revolución en Oriente Medio en cuanto al cumplimiento de los derechos humanos y con la institución futbolística más importante del planeta velando únicamente por las condiciones macroeconómicas e infraestructurales del evento, nos toca enfrentarnos a la radical pregunta de cuál es el papel y el poder de la opinión pública.

En un contexto social y económico en el que hemos llegado a aceptar que el volante de la sociedad recae finalmente en las altas esferas económicas y no solo en el poder político, va llegando el momento de interiorizar que, como consecuencia de esta transferencia de mando, el poder individual de cada uno de nosotros reside finalmente en la manera en la que consumimos, y no únicamente en nuestro voto. Cuando acudimos a tiendas de ropa ética como Justo Akí para comprar nuestros zapatos en lugar de acudir a Nike, estamos enviando un mensaje: queremos un mundo mejor. Cuando decidimos no acudir a ver un partido de fútbol de un mundial a un estadio que sabemos que ha sido construido sobre los hombros de esclavos estamos usando nuestro voto.

La conexión planetaria es un hecho. Cómo usamos nuestro dinero o el mando de nuestro televisor tiene consecuencias a miles de kilómetros de aquí, una distancia que no podemos sortear y que nos obliga a permanecer como público, pero un público con capacidad de influencia, como un enorme teatro, y no como ese falso cine que los altos poderes económicos están obstinados en vendernos: ocurre frente a nosotros, nos altera, nos conmociona, pero parece intocable e inamovible. La presión de la opinión pública, sus aplausos o abucheos, pueden cambiarlo siempre que logre desentenderse de la profunda hipnosis en la que descansa y en la cual el fútbol, precisamente el fútbol, probablemente tenga mucho que decir.

Tal vez el criterio de proximidad empiece a resultar insuficiente. Tal vez sea hora de priorizar el criterio de la injusticia, aun cuando ésta se produzca en el emirato más rico del mundo, a casi seis mil kilómetros de nosotros.