“CIRCOS: PASEN Y VEAN” por Cristina Izquierdo

Revestido de magia, luz y color, el circo vende un mundo de fantasía, alegría y diversión. Pero no todos sonríen en los circos con animales… Pasen y vean la oscura realidad que se oculta a los ojos del público. Bienvenidos a la trastienda del circo.

Muchos de los circos que se instalan en nuestros pueblos y ciudades son clientes habituales de las mafias dedicadas al tráfico de animales, las cuales realizan capturas bajo encargo. Esta es la oscura procedencia de gran parte de los animales salvajes que exhiben. El resto son adquiridos en negocios especializados que realizan cría en cautividad y convierten a los animales en mercancía de compra-venta.

En ambos casos, a todos les aguarda un mismo destino de opresión. Los animales empleados en números circenses vivirán, casi permanentemente, confinados en angostas jaulas de transporte, cuyo reducido tamaño apenas permite movilidad alguna. Comerán y defecarán en el interior de estas prisiones y en ellas sufrirán también los largos desplazamientos que, cada pocos días, realiza el circo en sus constantes traslados de ubicación.

Además, ya sea en ruta o en el destino de turno, los animales se hallan siempre expuestos a las inclemencias meteorológicas, habiendo de soportar, en muchos casos, condiciones climáticas totalmente contrarias a las necesidades de la especie a la que pertenecen. Así, por ejemplo, tigres y leones, procedentes de climas cálidos, deben enfrentarse a fríos extremos para los que su fisiología no se encuentra adaptada.

Como ocurre con todo individuo que padece cautiverio, el encierro constante y las penosas condiciones de vida de estos animales tienen consecuencias devastadoras en su salud. La imposibilidad de desarrollar su comportamiento natural genera un intenso sufrimiento físico y psicológico que conduce al desarrollo de trastornos del comportamiento como movimientos estereotipados, balanceos rítmicos, automutilaciones y otras formas de autolesión.

En escena, los animales son instados a llevar  a cabo grotescas conductas totalmente antinaturales, a menudo contrarias a su instinto y dolorosas para su configuración anatómica. Detrás de la perfecta ejecución de tan insólitas actuaciones por parte de animales salvajes, se encuentran interminables sesiones de adiestramiento basado en el miedo, la coacción y el maltrato sistemático. Forzados a repetir los números una y otra vez, cada fallo cometido será corregido mediante el empleo de violentos castigos físicos, infligidos con instrumentos como látigos con bolas de acero en la punta, antorchas de propano, collares de púas, bozales, picas de descarga eléctrica, mazos de clavos, aguijones, barretas de acero candente y privación de alimento. Finalmente, los animales realizarán los trucos atenazados por el miedo atroz al castigo y la violencia de sus explotadores.

Cuando, tras años de esclavitud, su desempeño en escena empeore debido a la edad, serán encerrados en jaulas hasta su muerte, asesinados para obtener un último beneficio de la venta de su carne “exótica” o vendidos a cotos de caza particulares para ser utilizados como blanco fácil o a laboratorios para experimentación.

Así transcurre la penosa existencia de los “animales del circo”. Sometidos mediante cautiverio, tortura y trabajos forzosos, la mayoría de ellos pronto dejan de luchar y mueren por dentro para siempre, pero, de vez en cuando, alguno encuentra la fuerza para enfrentarse a sus opresores y, entonces, se convierte en noticia. Esto es lo que ha sucedido recientemente con el caso de Victoria, una de las tigresas del Circo Gottani, que decidió rebelarse contra los abusos que sufría y defenderse atacando al “domador” en escena. Los medios de comunicación se hicieron eco del suceso, pero no así de la terrible realidad de explotación que está detrás del mismo. Mientras, Victoria fue puesta en manos de las autoridades, quienes, casi con toda seguridad y tras la preceptiva cuarentena, ordenarán su asesinato legal.

Esta es la verdadera cara de lo que no es sino un negocio basado en la tortura y la opresión; un negocio que maquilla sus miserias con sonrisas y disfraza de colores la siniestra realidad que esconde. Todo ello para obtener beneficio económico de un espectáculo abyecto que transmite a niños y mayores una imagen denigrante de los animales a los que exhibe y legitima el uso de los mismos, en este caso, para divertimento de los humanos.

Roto su espíritu y muerta toda esperanza de libertad, los animales del circo viven sumidos en el dolor y la desolación de una tortura que nunca cesa, porque cada tarde, con cada nueva sesión, las risas del público que financia la función son las cadenas que perpetúan su condena.