CAUTIVAS Y DESARMADAS por Xavier Bayle

Ucrania en guerra civil. Las personas no humanas sufren las banderas más que las humanas. Guerra es matadero y matadero es guerra.

Foto: Александр Осипов

Foto: Александр Осипов

Sabemos ser mano y sabemos ser puño, pero si hay algo equiparable en tiempos de paz y de guerras dentro del geoide que gestionamos, es la muerte por activo y pasivo de personas no humanas. Ahí, alegremente y con idénticos argumentos, se amistan de la mano y sin altercados las nazis y las judías, violadoras y violadas, pedófilas e infantes, altas, bajas, negras, blancas, heteros y heterodisidentas…, en la igualdad más popular de nuestra especie: la de matar. No sólo la muerte nos iguala, como vemos.

En Ucrania, la naturaleza humana muestra una vez más su creatividad destructora, casi tan variopinta como la constructora. Facciones de extrema izquierda usan métodos de extrema derecha, cada una al son de su bandera preferida y la macabra música “egonómica” que toca bailar, mientras sobre sus cabezas las aves migratorias transgreden fronteras sin tener idea de lo que hacen, sin visados, ni cartas verdes, ni cartas blancas, ni cartas de recomendación.

Independientemente de los detalles en la trama de la guerra en Ucrania del Este -que el  mainstreammedia se encargará de deshilar tan confusamente como puedan-, lo cierto es que el solo cautiverio al que son sometidas las personas no humanas por la posesión humana les impide escapar de las explosiones durante los conflictos. A eso, añadir los abandonos, las desnutriciones, las deshidrataciones y otras vulneraciones que sufren las no humanas cuando las humanas decidimos despedazarnos.

Foto: Michael Kötter

Foto: Michael Kötter

Recordamos la matanza de perros y gatos en la Ucrania previa a la Eurocopa del 2012, cuando su gobierno dispuso de incineradoras móviles para los sin hogar envenenados por la noche y que, in situ, solventaban los problemas de zoonosis. Limpieza. A día de hoy, trailers incineradores de cadáveres humanos llegan desde Rusia para eliminar las bajas, no hay tiempo de enterrar, no hay medios, no hay respeto por la vida. Huyendo de las zonas de lucha, las ucranianas dejan tras de sí incluso perros y gatas con pedigrí (propiedad universal de las humanas racistas), que vagan las calles solos, perdidos, hambrientos, heridos, incapaces de sobrevivir. Los albergues hipersaturados (hasta 1000 no humanas donde debieran haber 300) alimentan a los inquilinos con cereales hervidos, no hay nada más, y está prohibido acercarse a la zona de guerra con intenciones de rescatar, alimentar o medicarlos (aunque no lo estén los convoyes de ayuda a las humanas). Se oyen historias de asesinatos y violaciones por parte de las “rebeldes” contra gente sospechosa, como pudieran potencialmente ser las activistas por los derechos de los animales no humanos.

Los animales llamados de cría no agonizan ni son abandonados: son destinados al consumo de las combatientes. Contra los animales salvajes que sobreviven en zonas de conflicto armado, cabe destacar las minas accidentales que pisan, la caza indiscriminada para alimentar tropas, las explosiones que los matan o mutilan, las balas perdidas, las encontradas y toda la artillería que por activo o pasivo los extermina.

Un perro estornudando es más útil al universo que mil militares tomando una posición, pero eso no lo saben los misiles de Hamás bombardeando zoos en Israel, ni los misiles sionistas acribillando a las esclavas no humanas de los zoos de Gaza. Sucedió lo mismo en Belgrado hace unas décadas, en Stalingrado cuando la gente devoraba todo lo que se moviera o profanaba las tumbas para alimentarse de los cadáveres, sucedió en el Berlín bombardeado por las aliadas, sucedió cuando USA lanzó el símbolo de su obesidad y la razón de la fuerza sobre Hiroshima, asesinando a cientos de miles de personas no humanas, muchas más que las víctimas humanas. Sucede cada vez que decidimos tomar las armas y foguear a discreción.

Antiguamente, las guerras consistían en citas oficiales en el campo de batalla mientras las soldadas se mataban entre sí. Era casi más civilizado que ahora, cuando saltan por los aires objetivos civiles y hospitales, dejando abuelas partidas por la mitad. Snipers, bombas de racimo, minas saltarinas o con forma de juguetes para tentar a las niñas, fósforo blanco o armamento químico donde sufren no sólo los 640 músculos de nuestros cuerpos, sino que deja una baja que hay que cuidar, lo cual es más costoso que antaño.

La  buena noticia es que el capitalismo morirá en breve, la mala es que antes nos matará a todas. Ucrania está en guerra, hay decenas de ellas por el mundo nutridas por el armamento que gentilmente les facilitamos para aumentar su deuda externa. El nacionalismo suspira satisfecho con la más multilingual de las sonrisas. Las no humanas no entienden nada, son tontas. Su papel es el más sencillo y menos relevante, tanto en tiempos de guerra como de paz: morir.